“Juan Manuel, Beatriz, Diodoro y Montserrat llevan años sorteando los obstáculos que sus problemas de salud les ponen a diario. Conviven con una de las nuevas epidemias que azotan hoy al primer mundo. Cuatro relatos, cuatro imágenes dibujan el perfil más humano de enfermedades que suelen difuminarse entre logros médicos y abrumadoras cifras de incidencia, mortalidad y supervivencia.”
María Jesús
Enfermedad de Alzheimer
«He aprendido a hablar con ella
con los ojos»
A Diodoro y a María Jesús la enfermedad les cogió por sorpresa, cuando más tranquilos estaban. Habían sacado dos hijos adelante, Nuria y Antonio, y se preparaban para vivir una jubilación tranquila con la vida resuelta. Cuando María Jesús cumplió 59 años, aparecieron los primeros síntomas. Perdía cosas, tenía pequeños despistes y empezó a obsesionarse con el dinero.
«Escondía billetes entre las sábanas porque pensaba que entraban en casa para robarnos. La última vez que fuimos a misa juntos, durante la colecta empezó a recoger el dinero del cestillo... Después dejó de reconocerme. Yo le decía que la quería y ella respondía: «Qué buena es usted señora». Esa fue la peor etapa, la más dolorosa, porque sabíamos que ocurría algo grave y no sabíamos el qué».
Tras el diagnóstico, Diodoro, su marido y único cuidador, se preparó para afrontar lo que iba a ocurrir. Recibió apoyo psicológico en Afal, una de las asociaciones de enfermos de alzheimer, pero sobre todo luchó para salir adelante. «Me vine abajo cuando me dieron el diagnóstico, pero decidí salir adelante. La asociación fue la tabla donde me agarré cuando caí en este naufragio. Aunque sé que si yo no hubiera conseguido plantarle cara a la enfermedad me hubiera muerto de pena».
Hoy, diecinueve años después de la aparición de los primeros síntomas, María Jesús ha entrado en la fase terminal de la enfermedad. Pasa de la cama a la silla de ruedas con la ayuda de una pequeña grúa, no habla, tiene la mirada perdida, necesita insulina y respira con dificultad. Pese a todo, en esa casa se advierte la felicidad.
«He aprendido a hablar con ella con los ojos, apretándole la mano. La miro y a veces me sonríe; para mí es suficiente. Me siento afortunado a pesar del drama. Quizá porque soy católico y lo asumo con resignación. Ella hubiera hecho lo mismo por mí. Los vecinos me dicen que tengo ganado el cielo y yo me considero un privilegiado. Me agarro a los recuerdos, pienso en cómo era ella antes del alzheimer y me basta».
A Diodoro, cuando se le nombra la palabra residencia, agita la cabeza como si intentara alejar un maleficio. «No, no, ni hablar. Como decía Néstor Luján, el mejor cocinero es la madre de uno y la mejor residencia es tu propia casa». Donde sí tiene sus ojos puestos es en la ley de dependencia, la tabla a la que se agarran muchas familiares de enfermos como él. «Esta enfermedad se puede comer en un solo año 24.000 euros. Necesitamos apoyo».