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03-12-2007
De Navidad y todos los días
Autor: Redacción Magazín Alzheimer - Colaboradores
Las fiestas de Navidad y fin de año son especiales. Para bien o para mal se empañan en decirnos lo maravilloso que resulta "volver", "reencontrarnos", "compartir". Nada que discutir, salvo que no todas las personas disfrutan de tales sensaciones y emociones en estas fechas que por el contrario, en ocasiones, agudizan sentimientos de nostalgia, tristeza y pérdida.
Con quienes así se sienten queremos estar desde Magazín Alzheimer, sabiendo que sufren, haciéndoles llegar voces que reflejan su dolor, pero también transmitiéndoles el mensaje confortador de que cada uno de los días merece ser vivido con emoción, con intención sean o no sean Navidad, San Esteban o Reyes, sean muchos o pocos los que resten por venir.
Por ello, compartimos con vosotros dos textos que reflejan estos sentimientos mezclados. No queremos ocultar la tristeza ni tampoco forzar la alegría, tan solo haceros sentir nuestra compañía y ofreceros nuestros deseos de paz en estas y en todas las épocas del año.
Anys sense Nadal (Años sin Navidad)
Efímero eres
Que eres y no eres
La mosca, el musgo
El musgo, ¡Dios mío que Navidad!
Verdes, dorados y lazos
la postal. La Navidad
El gusano en el estómago, la sopa cruda
Los turrones duros y el barquillo blando
Bajo a abrir
Es la Navidad que ha llamado a la puerta
No estamos, aquí no vivimos
La silla vacía y nada en el plato
Es Navidad, dicen
Se han confundido, pienso
Navidad era otra cosa
Cuatro en la mesa, cinco también
Baldosas donde había regalos
No lo saben, ni se lo piensan
Ni que quisieran entenderían
Que hay años que NO tienen Navidad
Navidad siempre Navidad
Mi padre celebraba su cumple en noche buena; la verdad no era noche buena, era un día bueno el 24. Desde primera hora, allá donde las primeras horas son siempre las mismas horas, se le podía sentir bregando con las uvas y las frutas que troceadas añadiría al vino tinto del clericó, una especie de sangría del sur más sur. Apenas si había amanecido cuando ya sonaba la música de arpa de su tierra, demasiado triste como para ser un regalo y celebrar sus años y que yo, aun desde cama, sentía más bien como un reproche a su exilio voluntario, a ese viaje del destino que lo llevó a seguir su vida a miles de kilómetros más al norte. Una hora después del levante, la cocina empezaba a aromarse de la aquella tarta salada que nos encantaba y que con todo placer nos acompañaría las comidas por los siguientes días de fiesta.
Mi padre, lejos de nostalgias a flor de piel, acicalaba el pernil antes de ponerlo al horno, mientras mi madre revoloteaba en torno a él, como una mariposa que intentaba adornar la estancia, pero haciendo sentir su voluntad y, a su manera, la felicidad de la celebración de aquel nacimiento que se había anticipado casi 15 años al de Ella.
Las cosas transcurrían con una rapidez calculada, con una lentitud predispuesta, con una justeza premeditada. Yo me sentía alegre, no pensaba mucho en la noche, lo peor siempre venía con ella, pero que mi padre se sintiera protagonista, anfitrión e invitado, homenajeador y homenajeado era algo que me producía alegría. Él no hablaba de sí mismo, su historia era larga según las fuentes, pero él se empeñaba en hacerla corta, exigua diría yo. Ese día, él se apoderaba de la música, tomaba el mando del que mi madre, mi hermano y yo éramos dueños el resto del tiempo, y hora tras hora, el clericó llenaba el vaso, la música del arpa, la música orquestada, los boleros, algún son, algún tango... no dejaban de sonar y él de reír y de hablar... antes de llorar.
Un llanto leve, un llanto como si dentro suyo se rebosara el estanque de la nostalgia y se vertiera lentamente por los ojos que apenas humedecían una mirada de niño tan dulce que espero nunca la llegue a olvidar. Pero, era navidad, eso no nos lo quería quitar. Apretaba fuerte el vaso y empezaba nuevamente a cantar y a su nieto pequeño acariciar.
Quien se atreviera a parar en la puerta abierta de casa, era invitado a pasar, era invitado de honor. Él regalaba su alegría y su tristeza. Muchas veces pensé que él nos celebraba a nosotros, su familia... la chica; pero muchas veces sentí que aquel era su día más triste, y que lo adornaba a propósito, no para convertirlo en alegre, sino para celebrar esa tristeza... la de la lejanía de su madre, de sus hermanos, de su otra familia... la grande.
Mi padre ya no está, desde que se fue los 24 no son lo mismo, con todo y su noche buena; pero a pesar de la nostalgia, a pesar de que yo mismo vivo la tristeza de los kilómetros que me separan de mi familia grande del sur, encuentro motivos para sentarme con mis vinos tintos a escuchar la música que me gusta mientras revolotean los cercanos de carne y hueso, y todos esos otros que son solo recuerdos...
... quiero obsequiar mi alegría y mi tristeza, como él lo hacía, ambos son regalos de oro; quiero adornar este día y celebrar que amo, me aman, extraño y me extrañan, celebrar la ida y la llegada...
... por eso, siempre nos queda la navidad, la extraña celebración de una llegada... la de muchos que no están... la de muchos si están. Por ellos, por todos ¡FELIZ NAVIDAD!
La imagen que acompaña a este artículo es producto de una actividad manual de las personas que asisten al Hospital de Día de Fundació ACE. Con motivo de esta navidad ellos han querido regalarnos uno de sus trabajos hecho con cariño y que compartimos con vosotros.
Comentarios
Enviado el 03-12-2007 a las 17:51
nostalgia y Alzheimer
Emery Tapia Montenegro
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Agenda
Neurodegenerative Diseases: Biology & Therapeutics
Fecha
04-12-2008 al 07-12-2008
Lugar
Cold Spring Harbor Laboratory - NY - EE.UU.
Organizado por
Mount Sinai School of Medicine - University of Pennsylvania - Massachusetts General Hospital








