Artículos
30-12-2007
Los derechos humanos de aquellos que sufren desde dentro
“CON el paulatino envejecimiento de la población del planeta, la enfermedad mental se va a ir paulatinamente sobredimensionando, de tal forma que, según la OMS, más de uno de cada tres seres humanos, en alguna etapa de nuestra vida, arrastraremos una enfermedad mental. ”
Autor: FAUSTINO GUDÍN RODRÍGUEZ-MAGARIÑOS
Categoría: Varios
Los enfermos mentales es uno de los colectivos más indefensos y vulnerables que presenta nuestro marco de convivencia. Tal es su grado de minusvalía que en numerosos casos no son conscientes de su desamparada situación y no entienden que precisan ayuda, y se castigan y culpan así mismos, en un marco mental íntimo, angustioso y atormentado teñido de una total incomprensión.
Este aislamiento social marca la vida del enfermo mental, que se enfrenta ante situaciones de incomprensión pues a diferencia de las enfermedades físicas que se muestran evidentes a los sentidos y que usualmente comportan una cierta compasión, las enfermedades mentales no son directamente perceptibles causando, en no pocas ocasiones, cierto escepticismo.
La enfermedad mental es un mal que comporta una proyección perniciosa para todo el entorno familiar que se ve afectado, pues la losa que supone la coexistencia con el enfermo mental (normalmente crónico) va asfixiando la convivencia haciéndola difícil, razón por la que no faltan autores que entienden que es una patología familiar. Se origina un ambiente entorno al enfermo sofocante y gris que se ve desbordado ante un problema que le supera, no sabiendo, por lo general, los familiares como reaccionar frente a esta situación. En ocasiones, la única alternativa que se les brinda a la familia para que los enfermos tengan tratamiento (o para recibir algún tipo de ayuda) es denunciarlos y que el juez les recluya en un centro cerrado como una vía para eludir las consecuencias del angustioso problema.
Mas, si estos enfermos ya son de por sí personas desconfiadas debido su padecimiento, no es difícil imaginar el dolor que les puede producir si es su gente más cercana y querida quien reclama su alejamiento. De otro lado, cada vez que hay un suceso causado por alguien que padece una patología mental, los mass-media se apresuran a presentarlo como el argumento de una película de terror. Con ello el enfermo mental ve aún más cerradas las puertas de una sociedad que, temerosa, se aleja de él como un apestado.
Quizás el problema más grave en esta materia es el silencio, el mutismo y la vergüenza de los que lo padecen y de sus familiares. Pasividad y retraimiento de las autoridades que pese a que vislumbran el problema no están concienciados de su enorme dimensión, la patente existencia de enormes vacíos jurídicos, la pasividad de los entes administrativos y falta de concienciación generalizada en la sociedad.
Para romper este círculo de silencio, hay que educar a la comunidad rompiendo los viejos tabúes entorno a la enfermedad mental, haciendo que, poco a poco, la discriminación y los perjuicios que existen contra estos enfermos se vaya traduciendo en un ambiente de mejor conocimiento y comprensión. Y con medidas adecuadas, se debe reducir la tremenda brecha existente entre el número de personas que están enfermas y el número de las que realmente se benefician del tratamiento que precisan.
Aunque la Ley de dependencia aprobada el año pasado ha supuesto un enorme avance en esta materia queda un enorme camino por recorrer. Hay más de 400.000 esquizofrénicos diagnosticados en España, existen más cuatro millones de personas afectados bien por la distimia bien por la depresión, cerca de 600.000 personas sufren Alzheimer, más de cinco millones sufren trastornos de ansiedad, convivimos con tres millones y medio de drogodependientes (de ellos casi un millón de cocainómanos), a los que cabe añadir dos millones trescientas mil personas padecen problemas relacionados con la dependencia y el abuso de alcohol.
La lucha por los derechos humanos de este colectivo no es una mera cuestión de buenos propósitos, implica también una inversión en investigación, inteligencia, tiempo, dinero, energías, proyectos e iniciativas. Desistir este empeño, comporta resignarnos a vivir en una sociedad manca y que nuestros pronunciamientos a favor de la salvaguarda de los derechos fundamentales de los más débiles, sean pura retórica. Como decía Séneca, «no es que nos falte valor para emprender las cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas».
Este aislamiento social marca la vida del enfermo mental, que se enfrenta ante situaciones de incomprensión pues a diferencia de las enfermedades físicas que se muestran evidentes a los sentidos y que usualmente comportan una cierta compasión, las enfermedades mentales no son directamente perceptibles causando, en no pocas ocasiones, cierto escepticismo.
La enfermedad mental es un mal que comporta una proyección perniciosa para todo el entorno familiar que se ve afectado, pues la losa que supone la coexistencia con el enfermo mental (normalmente crónico) va asfixiando la convivencia haciéndola difícil, razón por la que no faltan autores que entienden que es una patología familiar. Se origina un ambiente entorno al enfermo sofocante y gris que se ve desbordado ante un problema que le supera, no sabiendo, por lo general, los familiares como reaccionar frente a esta situación. En ocasiones, la única alternativa que se les brinda a la familia para que los enfermos tengan tratamiento (o para recibir algún tipo de ayuda) es denunciarlos y que el juez les recluya en un centro cerrado como una vía para eludir las consecuencias del angustioso problema.
Mas, si estos enfermos ya son de por sí personas desconfiadas debido su padecimiento, no es difícil imaginar el dolor que les puede producir si es su gente más cercana y querida quien reclama su alejamiento. De otro lado, cada vez que hay un suceso causado por alguien que padece una patología mental, los mass-media se apresuran a presentarlo como el argumento de una película de terror. Con ello el enfermo mental ve aún más cerradas las puertas de una sociedad que, temerosa, se aleja de él como un apestado.
Quizás el problema más grave en esta materia es el silencio, el mutismo y la vergüenza de los que lo padecen y de sus familiares. Pasividad y retraimiento de las autoridades que pese a que vislumbran el problema no están concienciados de su enorme dimensión, la patente existencia de enormes vacíos jurídicos, la pasividad de los entes administrativos y falta de concienciación generalizada en la sociedad.
Para romper este círculo de silencio, hay que educar a la comunidad rompiendo los viejos tabúes entorno a la enfermedad mental, haciendo que, poco a poco, la discriminación y los perjuicios que existen contra estos enfermos se vaya traduciendo en un ambiente de mejor conocimiento y comprensión. Y con medidas adecuadas, se debe reducir la tremenda brecha existente entre el número de personas que están enfermas y el número de las que realmente se benefician del tratamiento que precisan.
Aunque la Ley de dependencia aprobada el año pasado ha supuesto un enorme avance en esta materia queda un enorme camino por recorrer. Hay más de 400.000 esquizofrénicos diagnosticados en España, existen más cuatro millones de personas afectados bien por la distimia bien por la depresión, cerca de 600.000 personas sufren Alzheimer, más de cinco millones sufren trastornos de ansiedad, convivimos con tres millones y medio de drogodependientes (de ellos casi un millón de cocainómanos), a los que cabe añadir dos millones trescientas mil personas padecen problemas relacionados con la dependencia y el abuso de alcohol.
La lucha por los derechos humanos de este colectivo no es una mera cuestión de buenos propósitos, implica también una inversión en investigación, inteligencia, tiempo, dinero, energías, proyectos e iniciativas. Desistir este empeño, comporta resignarnos a vivir en una sociedad manca y que nuestros pronunciamientos a favor de la salvaguarda de los derechos fundamentales de los más débiles, sean pura retórica. Como decía Séneca, «no es que nos falte valor para emprender las cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas».
Fuente: ideal.es
Agenda
IV Simposio de Actualización en Demencias "Actualización en Degeneración Frontotemporal"
Fecha
23-09-2008 al 23-09-2008
Lugar
Auditorio del Área General del Hospital Vall d'Hebron
Organizado por
Fundació ACE - Servicio de Neurología del Hospital Vall d'Hebron
Agencia interactiva barcelona
Política de privacidad ·
© Familia Alzheimer ·
Todos los derechos reservados








