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30-01-2008
Salud personal: descifrando el código a la bóveda de la memoria
“Bendito el día en que 3M inventó las notas Post-It. No creo que sería capaz de sobrevivir sin ellas. Decoran mi computadora, recordándome cómo hacer cosas, como crear una carpeta, deshacer un error o salvar un archivo adjunto sin abrirlo. Las notas también adornan mi refrigerador y despensa para ayudarme a recordar qué debo comprar, qué ordenar y cuándo tengo que estar en alguna parte.”
Autor: Jane E. Brody The New York Times
Categoría: Memoria
Tengo notas que dicen, “Come almuerzo”, “Llévate teléfono”, “¡Apaga computadora!”; no vaya a ser que olvide tareas de tal importancia cuando salgo de casa.
¿Por qué sigo recordando los símbolos de todos los elementos conocidos de cuando cursé química hace 48 años, pero no recuerdo acerca de qué escribí ayer?
Cuando me quejé con mi hijo de treintaitantos, diciéndole que al parecer no puedo recordar nada a menos que lo escriba y lo vea fijamente, él me dijo de manera tranquilizadora: “Mamá, a estas alturas de la vida tienes tanto acumulado en tu cabeza que, pues, ¡seguramente algo terminará por caer!”.
Y sé que no estoy sola entre los integrantes de la generación de 50 años de edad o más. Una buena amiga, dos años y medio mayor que yo, soportó una batería de pruebas neuropsicológicas a lo largo de seis horas, pues temía el comienzo del mal de Alzheimer. (Sus resultados mostraron que estaba totalmente exenta de dicho mal.) Ambas nos provocamos un poco con respecto a que siempre tenemos que ir juntas a todas partes, pues cada una proporciona una de las mitades de una sola memoria.
Si mi marido muere antes que yo, mi memoria sobre las películas y obras que he visto morirían con él. Si bien él es ocho años mayor que yo, recuerda no solamente lo que hemos visto, sino también dónde y cuándo.
¿Y por qué no tengo la memoria de un político para los nombres? Como reportera del diario The Minneapolis Tribune en 1965, cubrí la primera visita de Hubert H. Humphrey como vicepresidente a su Estado natal. A cualquier parte que él fuera, saludaba por nombre a la gente y les hacía preguntas sobre sus familiares, también por el nombre. Y siete horas después de haber sido presentado a media docena de reporteros, dijo antes de marcharse con rumbo a Washington: “Adiós, Sra. Brody. Mandaré sus saludos a Brooklyn la siguiente vez que esté allá”.
Cuando me presentan a una persona por vez primera, el nombre se borra de mi memoria antes de que el apretón de manos termine. Probablemente nunca estuvo presente, para empezar, debido a que he sabido desde la infancia que soy una persona que aprende visualmente, no tanto por la vía auditiva. Si una persona que acabo de conocer no lleva puesta una etiqueta con su nombre, un nombre pronunciado verbalmente me entra por un oído y me sale por el otro, pasando de largo mis células cerebrales de la memoria.
A lo largo de todos mis estudios, tomé voluminosas notas y subrayé cada oración de importancia en mis libros de texto. Durante los exámenes, podía visualizar las respuestas en sus respectivas páginas. Sin consideración a cuánto intentara aprender con sólo escuchar, la lección estaba fuera de mi mente para cuando yo salía del aula.
Bloqueo y en blanco
Muy pocos logramos escapar de la experiencia de caminar de una habitación a la otra y no recordar para qué o por qué fuimos ahí. Es probable que un pensamiento ajeno durante un breve recorrido obstruyera su propósito original. Pero, si usted regresa a la primera habitación, casi siempre recordará su misión. Resulta molesto, mas no realmente vergonzoso; no es como quedarse en blanco con respecto al nombre de alguien que usted conoce bien.
Como la vez que intenté presentarle a mi madrastra, de 25 años de edad en ese momento, a otra invitada en mi fiesta y no pude, ni por mi vida, recordar su nombre de pila. “Sandra, me gustaría que conocieras a mi madre, mmm, ah, la Señora Brody”, dije finalmente.
En “Grabado en la arena” (“Carved in Sand”, editorial Harper Collins), nuevo libro, iluminador y más bien tranquilizador, acerca del desvanecimiento de la memoria en la edad madura, la escritora Cathryn Jakobson Ramin habla de “'bloqueos' (o 'quedar en blanco'), cuando los nombres no vienen a la mente y las palabras se disparan dentro y fuera de la conciencia”. Ramin, como yo, a menudo se ha quedado congelada, en medio de su escritura, cuando es incapaz de pensar lo que ella sabe es la palabra perfecta.
Su investigación halló que “los fallos en la recuperación de palabras ocurren no debido a la pérdida de recuerdos relevantes, sino debido a que se activan otros, irrelevantes”.
Daniel L. Schacter, psicólogo y experto en memoria por Harvard y autor del libro “Los siete pecados de la memoria” (“The seven sins of memory”), por la editorial Houghton Mifflin, nota que el concepto de bloqueo existe en 51 idiomas y que 45 de ellos tienen un nombre específico para referirse a él. En inglés, se dice “en la punta de la lengua”, o lapsos que se vuelven cada vez más comunes y desafiantes a partir de la edad madura.
“La gente puede producir prácticamente todo lo que saben de una persona o todo lo que saben acerca de una palabra, con la excepción de su etiqueta”, escribió Schacter. Mis amigos y yo a menudo nos encontramos hablando de “tú sabes quién” y “cosos”.
Cómo lo enfrento
La mnemotecnia puede ser de utilidad, si puedes recordarla y qué representa. Cuando mi nieto de siete años me dijo: “Nunca comas trigo rayado (Never eat shredded wheat), que, sabe, yo disfruto, soltó una risita y dijo que eso le ayudaba a recordar el “norte, este, sur y oeste” (por las iniciales de los puntos cardinales en inglés). Con el fin de recordar lo que tengo que hacer o comprar cuando no puedo escribirlo, intento crear una inolvidable técnica mnemónica, como formar palabras con las iniciales de los productos que voy a comprar.
Cada vez que sea posible, asocio un nuevo nombre con un objeto tangible: “Pepino” para Kirby, el salvavidas de la Y; “ravioles” para Ralph, quien se sienta al escritorio; y “cereza” para Sherry, la encargada de los vestidores.
Para otros integrantes del centro de la Y, luego de aprender un nombre, lo uso a cada oportunidad: “Hola, Jeannette”, “Adiós, Sue, que tengas buen día”, “Cynthia, llegaste temprano hoy”, y “Aviva, ¿cómo va tu nuevo empleo?”
Y sigo repitiendo sus nombres en voz alta incluso después de que ya creo que están grabados en piedra en mi memoria.
En una comida donde me sentarán en una mesa de extraños, reviso la lista de otras personas que estarán a la mesa, para así ayudarme a recordar sus nombres cuando seamos presentados. Y para los grupos que veo con poca frecuencia, promuevo los gafetes con nuestros nombres. Nadie debería tener la obligación de recordar los nombres de personas que ve una o dos veces al año.
Finalmente, con el objetivo de recordar cuándo se debe hacer algo como mover el automóvil, recoger a los nietos y apagar el horno, invertí profusamente en buenos relojes de cocina y los distribuí por toda la casa. El mejor que he encontrado es fabricado por West Bend. El número de modelo es 40005X, y funciona por muy largo tiempo con una sola batería AAA.
Fuente: Los Andes/ Online
Agenda
III Congreso Nacional de Alzheimer
Fecha
02-10-2008 al 04-10-2008
Lugar
Vigo (Pontevedra) - España
Organizado por
CEAFA (Confederación Española de Familiares de Enfermos de Alzheimer) - Sociedad Española de Geriatría y Gerontología y Sociedad Española de Neurología








