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04-04-2008
Déjenme dar las gracias
“Soy feliz, tengo más amores de los que necesito, una familia que no me merezco y amigos de verdad”
Autor: PASQUAL Maragall 'Expresident' de la Generalitat
Categoría: Varios
Quiero agradecer muy sinceramente, muy de verdad, a tantos ciudadanos y ciudadanas cómo me han acompañado estos días llenos de premios y efusiones, más debidos a la aflicción que produce a muchos mi enfermedad, lo sé, que a grandes méritos pasados, puesto que estos ya me han sido reconocidos en otros momentos. Y quiero hacerlo añadiendo a mis palabras de la noche del Català de l'Any, tan bellamente organizada, como saben, por este periódico y TV-3, que nos honran últimamente con producciones de gran calidad, las palabras que no pronuncié y que guardé en el bolsillo para no abusar de la paciencia de una noche que se estaba haciendo muy larga y demasiado emotiva.
HE LEÍDO HACE poco en Londres, con ocasión de un viaje que hemos hecho Diana y yo invitados por el arquitecto Richard Rogers para contribuir al lanzamiento del proyecto Londres 2012 (el año olímpico en la ciudad), que un famoso --y, por tanto, rico-- novelista inglés, de nombre Pritchett, ha decidido donar un montón de millones de libras esterlinas para la investigación del alzhéimer, al constatar que la proporción entre el dinero destinado a combatir esta enfermedad y el que se destina a curar el cáncer y las cardiopatías es del orden de 3 a 30, con lo que la amenaza de una epidemia de la caída de la memoria es aterradora, puesto que la vida se alarga y se alargará todavía más.
Dice Pritchett que otras enfermedades dan lugar a muertes más dignas. Y esto me parece importante. No todas las muertes son iguales.
Mi abuelo murió diciendo: "¡Qué muerte tan dulce!" y quizá "¡arriba! arriba!". Se lo preguntaré a mi prima mayor, Roser Maragall Garriga, que se acuerda de todo, lo que me lleva a pensar que, si algún factor hereditario me ha sido adjudicado, debe de ser más bien por parte de madre. En efecto, mamá tenía, ya de mayor, cierta dificultad en acertar el nombre de los hijos: tuvo ocho y a veces decía dos o tres nombres de corrido antes de dar con el que buscaba. Esto a mi padre no le ocurría.
Pues bien, mi madre murió de un ataque al corazón, una cardiopatía evidente y absolutamente previsible, lenta y suave pero definitiva. Solo uno de los siete hermanos que que- dábamos vivos, una hermana, pidió: "No la operéis". El médico había dicho que no había remedio. El corazón se había roto. Había una posibilidad sobre cien o mil de salvarla. Y decidimos, por amplia mayoría, operarla.
No pudimos ver cómo se apagaba lentamente. Habría sido probablemente una muerte tan dulce como su sonrisa, que no puedo olvidar. Murió en el quirófano y nos lo notificaron. Punto.
¿Por qué no dejamos morir a la gente tranquilamente?
YO NO TENGO ningunas ganas de morirme. Pienso dar aún bastante guerra. Pero que no me alarguen la vida innecesariamente. Me ha gustado esta mujer desfigurada que ha decidido no convivir con una enfermedad que hacía de ella otra persona que no era ella.
Entiendo que la religión ha hecho mucho para acompañar a los moribundos y a sus familias en el momento más difícil de la vida, que es cuando esta se acaba. El ejemplo de mi abuelo es conocido. Pero incluso él decía: "Si este mundo es tan bello, Señor, ¿qué más me podéis dar?". No quería otro cielo que aquel cielo claro de Sant Gervasi. Si las cosas de este mundo eran tan bellas y Dios le había dado los ojos para ellas, ¿qué más podía querer?, protestaba.
No convirtamos la muerte en un pozo negro. No lo es. Es el final de la vida. Que sea digna --esto es lo que cuenta. Que no la decida nadie por nosotros, como ocurre en las guerras y los crímenes.
NOS ACERCAMOS a un mundo más humano --les aviso, en él la muerte no tiene que ser una tragedia ni la vida una imposición.
Pero volviendo, a la prosa de la vida de cada día, sepan que soy feliz, que tengo más amores de los que necesito, una familia que no me merezco, porque no siempre he estado ni estaré a la altura de la felicidad que me ha dado, y amigos de verdad, algunos muy cercanos, y muchos, muchísimos, inmerecidos.
Es todo lo que les quería decir: gracias.
HE LEÍDO HACE poco en Londres, con ocasión de un viaje que hemos hecho Diana y yo invitados por el arquitecto Richard Rogers para contribuir al lanzamiento del proyecto Londres 2012 (el año olímpico en la ciudad), que un famoso --y, por tanto, rico-- novelista inglés, de nombre Pritchett, ha decidido donar un montón de millones de libras esterlinas para la investigación del alzhéimer, al constatar que la proporción entre el dinero destinado a combatir esta enfermedad y el que se destina a curar el cáncer y las cardiopatías es del orden de 3 a 30, con lo que la amenaza de una epidemia de la caída de la memoria es aterradora, puesto que la vida se alarga y se alargará todavía más.
Dice Pritchett que otras enfermedades dan lugar a muertes más dignas. Y esto me parece importante. No todas las muertes son iguales.
Mi abuelo murió diciendo: "¡Qué muerte tan dulce!" y quizá "¡arriba! arriba!". Se lo preguntaré a mi prima mayor, Roser Maragall Garriga, que se acuerda de todo, lo que me lleva a pensar que, si algún factor hereditario me ha sido adjudicado, debe de ser más bien por parte de madre. En efecto, mamá tenía, ya de mayor, cierta dificultad en acertar el nombre de los hijos: tuvo ocho y a veces decía dos o tres nombres de corrido antes de dar con el que buscaba. Esto a mi padre no le ocurría.
Pues bien, mi madre murió de un ataque al corazón, una cardiopatía evidente y absolutamente previsible, lenta y suave pero definitiva. Solo uno de los siete hermanos que que- dábamos vivos, una hermana, pidió: "No la operéis". El médico había dicho que no había remedio. El corazón se había roto. Había una posibilidad sobre cien o mil de salvarla. Y decidimos, por amplia mayoría, operarla.
No pudimos ver cómo se apagaba lentamente. Habría sido probablemente una muerte tan dulce como su sonrisa, que no puedo olvidar. Murió en el quirófano y nos lo notificaron. Punto.
¿Por qué no dejamos morir a la gente tranquilamente?
YO NO TENGO ningunas ganas de morirme. Pienso dar aún bastante guerra. Pero que no me alarguen la vida innecesariamente. Me ha gustado esta mujer desfigurada que ha decidido no convivir con una enfermedad que hacía de ella otra persona que no era ella.
Entiendo que la religión ha hecho mucho para acompañar a los moribundos y a sus familias en el momento más difícil de la vida, que es cuando esta se acaba. El ejemplo de mi abuelo es conocido. Pero incluso él decía: "Si este mundo es tan bello, Señor, ¿qué más me podéis dar?". No quería otro cielo que aquel cielo claro de Sant Gervasi. Si las cosas de este mundo eran tan bellas y Dios le había dado los ojos para ellas, ¿qué más podía querer?, protestaba.
No convirtamos la muerte en un pozo negro. No lo es. Es el final de la vida. Que sea digna --esto es lo que cuenta. Que no la decida nadie por nosotros, como ocurre en las guerras y los crímenes.
NOS ACERCAMOS a un mundo más humano --les aviso, en él la muerte no tiene que ser una tragedia ni la vida una imposición.
Pero volviendo, a la prosa de la vida de cada día, sepan que soy feliz, que tengo más amores de los que necesito, una familia que no me merezco, porque no siempre he estado ni estaré a la altura de la felicidad que me ha dado, y amigos de verdad, algunos muy cercanos, y muchos, muchísimos, inmerecidos.
Es todo lo que les quería decir: gracias.
Fuente: El Periódico de Catalunya
Agenda
Alzheimer's Association. International Conference on Alzheimer's Disease 2008
Fecha
26-07-2008 al 31-07-2008
Lugar
Chicago. EE.UU,
Organizado por
Alzheimer's Association
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