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Editorial

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25-09-2007

Sólo somos memoria

“Se acaba de estrenar ¿Y tú quién eres?, la última película de Antonio Mercero, el veterano director de cine. Está dedicada a la enfermedad de Alzheimer que afecta ya a la cuarta parte de los octogenarios y a seis de cada cien españoles mayores de 65 años. En unas declaraciones suyas al telediario nocturno de la 2ª cadena de TVE -noticias en tiempo sosegado, invitación a la reflexión y no ráfagas sobre la retina pensante del telespectador-, oigo cómo resume esa tragedia sorda, parapetada tras las paredes familiares o arrinconada en los geriátricos, creciendo entre el pánico y el olvido social, porque la enfermedad mental sigue siendo un tabú.”

Autor: Antonio Álvarez de la Rosa

Categoría: Varios

En este caso, no solo avergüenza, sino que horroriza, además, el que se nos puedan secar las raíces de la memoria. La precisamos científicamente con el nombre de ese doctor alemán, desterramos los apelativos de locura o demencia senil quizá porque así la podemos sentir más lejana. Como en un buen diálogo novelesco, Mercero sintetiza lo que todos hemos podido experimentar cuando saludamos a un conocido y nos interesamos por él: "Bien, pero estoy con lo de mi madre", o sea, con el naufragio de un cerebro que se ha ahogado en las aguas del olvido, con el extravío de un ser que teníamos a nuestro lado y, en un plisplás, se ha perdido en el sillón de su enfermedad, la amnesia irremediable de una historia personal que es la suya y la nuestra. Sentimos pánico, porque alguien desprovisto de recuerdos es el espejo de lo que podemos llegar a ser o, como decía Chateaubriand, "nuestra es vida es tan vana que solo es un reflejo de nuestra memoria". Qué seríamos sin ella, dice él mismo, con un regusto amargo, en esa pirámide literaria que es Memorias de ultratumba (estupenda nueva traducción y edición en Acantilado, 2006). Basta leer algunas de sus páginas para darnos cuenta de que es la memoria la que, con perdón por el símil futbolístico, actúa como el centrocampista de la inteligencia: distribuye el juego de saberes, impresiones, reminiscencias o asociaciones de ideas, las concentra y da el pase decisivo entre la selva neuronal para que podamos así reconocer el mundo y su movimiento. Sin la memoria, perdemos el espacio y el tiempo, nuestro entorno y el vaivén de la existencia. En Tarde de ese domingo, un cuento estremecedor por la hondura y sobriedad, Daniel Duque, en una demostración de que los escritores ven lo que no solemos ver, expresa la angustia que puede producir el naufragio de un ser querido: "Entonces no sé qué hacer; en medio de una insoportable quietud me llega un único movimiento del mundo, el de ella alejándose, prendida en un remolino de soledad que cada vez la distancia más de todo, de mí, de ella misma sobre todo. La llamo sabiendo que no habrá respuesta, que su viaje, en apariencia apacible, la tiene ya casi instalada en la nada, aunque aún le queda trecho por recorrer, caída por caer". En "Lear King en los claustros", un hermoso poema del gran Cuaderno de Nueva York de Pepe Hierro, nos sacude ese mismo dolor insondable a través de media docena de versos: "Desaparece antes de que te vea/ sumergida en un licor trémulo y turbio,/ como a través de un vidrio esmerilado./ Antes de que te diga:/ yo sé que te he querido mucho,/ pero no recuerdo quién eres".
Cuando se produce este hachazo mental, caemos en la cuenta de que no somos un centro de datos, que el cerebro no posee un contenedor o disco duro. Al contrario, todo él es memoria. El filósofo Bergson intuyó hace algo más de un siglo lo que hoy afirman los neurólogos: "La memoria sirve para recordar el recuerdo, no para almacenarlo". De ahí que sin ella no seamos ni presente de indicativo y que nuestra identidad -pasada, presente y futura- se vaya por los sumideros del vacío existencial. Más allá de los determinismos fisiológicos, de la posibilidad de estar condenados sin saberlo, resulta curioso que la sombra de esa enfermedad oscurezca cada vez más nuestro tiempo y que, sin embargo, no practiquemos la suficiente gimnasia preventiva. Nos obsesionan, al menos coloquialmente, los desfallecimientos de la memoria, la pérdida de unas llaves o el título de una película, usamos con la banalidad que nos caracteriza el nombre de Alzheimer, pero apenas le dedicamos tiempo a combatirla y a exigir la necesaria protección social para quienes, afectados y familiares, padecen ese gólgota diario. Mucho más empleamos en lavar la cara del coche, en modelar los glúteos y el abdomen gimnásticos que en aceitar las sinapsis neuronales. La memoria no es un órgano, pero se atrofia por la misma razón que los demás: por no usarla. Creo que, más allá de sudokus, crucigramas y demás píldoras mnemotécnicas, una de las claves de su vitalidad debe estar en nuestras ganas de vivir el presente y el futuro, de aprender siempre, de liberarnos, en la medida de lo posible, de nuestra esclavitud electrónica, de leer, porque la lectura, esa actividad con la que nos informamos, soñamos, reflexionamos, despliega, sin que lo parezca, un abanico de percepciones. Al reconocer las palabras, reconstruimos imágenes mentales y la mecha de la atención se dispara. Y para quien sufre la enfermedad, el respeto social y el amor familiar, porque allí donde aún no llega la medicina, una mirada puede servir de bálsamo. O como escribe Duque en el cuento citado: "Mi mano sigue sobre su hombro; siento su calor; sonríe; algo ha galopado por sus ojos, algo, un instante y un espacio, quizá alguien".

Fuente: La Opinión de Tenerife.es

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