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Editorial

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24-12-2007

No es cuento, pero sí de Navidad

“La Navidad fue una isla para la infancia en el mar de los adultos. Los mayores fumaban, bebían y ordenaban el mundo con su dinero, pero durante unos días los niños suplantaban a los mayores con simulacros de chocolate que evacuaba el tió. También la cabalgata de los Reyes entronizaba por un día el mundo fantástico de la infancia por las calles de pueblos y ciudades. En la época actual, sin embargo, parece redundante alterar unas jerarquías familiares que ya nadie respeta. ¿Qué sentido tiene colocar la infancia en el centro de la Navidad, si llevan ya décadas los niños centrando la vida familiar e imperando sobre padres y abuelos? ”

Autor: Antoni Puigverd

Categoría: Alzheimer

Son los abuelos, precisamente, los grandes perdedores de los cambios de nuestro tiempo. Cincuenta años atrás, la experiencia de los ancianos era un valor indiscutido.

No eran considerados una carga para sus descendientes (onerosa carga que el Estado empieza a acarrear), sino un consuelo y un bien de incalculable valor sentimental. Los niños descubrían el mundo gracias a la intermediación de los abuelos, que cuidaban de ellos, les contaban viejas historias y les conducían de la mano. Pero la entronización de la belleza juvenil y de los héroes deportivos ha convertido a los arrugados y frágiles abuelos en una desgracia que, en el mejor de los casos, hay que lamentar, sobrellevar, compadecer. El imperio de la rentabilidad económica - que descarta sin remilgos lo inútil, lo usado, lo improductivo- está convirtiendo a los ancianos en un "problema". Un problema para la sanidad, para las familias, para la seguridad social, para el Estado de bienestar. Mucha atención. Siempre que la sociedad se pone de acuerdo en que algo es un "problema" acaba poniéndose también de acuerdo en la necesidad de tomar "soluciones drásticas" para resolverlo.

Si la sociedad actual tiende a referirse a los ancianos como problema, para el que escribe son cada vez más una especie de puerto o refugio sentimental. Cuando más se aleja en el tiempo la fecha de la muerte de mis padres, más necesito la compañía de las personas de edad, que contribuyen con sus recuerdos, experiencia y pausada sabiduría, a llenar el vacío que ellos dejaron. Pocas conversaciones me parecen tan instructivas y amenas como las que ofrece el veterano periodista Jaime Arias. Tengo la suerte de poder disfrutarlas durante mi visita semanal a la redacción de La Vanguardia.Ilustrado, amable y expertísimo, Jaime Arias sigue afortunadamente a pie de obra, como bien sabe el lector, alzando sutiles columnas para nuestro diario. Y en el mismo tono mesurado, constructivo y ameno con que redacta sus columnas, nos ofrece su conversación: inagotable despensa de anécdotas y argumentos expresados con voz clara aunque susurrante. Gesto deferente, delicada ironía, siempre cordial.

Mi interés por las personas de edad me ha llevado a colaborar con cierta frecuencia con las Aules Universitàries de la Gent Gran, cuyo índice de participación supera ampliamente el de programaciones culturales muy rimbombantes. Realizadas en colaboración con las universidades, dichas Aules permiten a las personas de edad mantenerse en forma intelectual mediante unos cursos anuales que mezclan las ciencias y las humanidades. Se ofrecen en diversas ciudades catalanas y españolas. Conozco las de Vic, Granollers, Girona y Arenys. Todas ellas reúnen a un extraordinario número de personas de edad más o menos avanzada, unidas por una inagotable curiosidad intelectual, por el puro placer de seguir aprendiendo.

El otro día estuve dando un par de conferencias en las Aules de Barcelona que, como es natural, tienen mayor complejidad organizativa. Cuentan con unos 4.000 alumnos repartidos en diversos grupos. Había concertado mi participación con el presidente, que, a sus noventa y pico años de edad, coordina la compleja estructura. Pero, hallándose convaleciente de una operación, me atendió uno de sus colaboradores. Dictadas mis conferencias, salimos conversando del viejo edificio de la universidad. Era ya de noche, parpadeante de luces navideñas. Ni él ni yo teníamos prisa, así que le acompañé un rato. Hablamos de las Aules y de política. Y sin darnos cuenta, la conversación se hizo más personal. Me contó que su esposa tiene alzheimer y que apenas le reconoce ya. Ahora ella está en el hospital, porque sufrió una caída, y a pesar de que él la visita a diario, se siente muy solo en casa sin ella. Especialmente por la noche. Está deseando que le den el alta para tenerla de nuevo en casa.

Sensibilizado por lo que yo había oído contar sobre la dificultad de cuidar a estos enfermos en fase avanzada, le dije: "Es usted un hombre muy valiente y generoso". A lo que él contestó: "Me decepciona usted, Puigverd". ¿Por qué? "Porqué me habla de valentía y generosidad, como si cuidarla significara un esfuerzo para mí. También mis hijos me hablan así. ¡No puede usted saber lo que disfruto cuando la veo sonreír!". Las luces navideñas del Eixample iluminaban con reflejos azules el rostro de este hombre de setenta y tantos que hablaba con adoración de su mujer, que tiene alzheimer. "Por más que haga yo ahora por ella, nunca conseguiré darle ni una milésima parte de lo que ella me ha dado".

Fuente: La Vanguardia

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