Entrevistas
17-09-2007
Antonio Mercero “Hay que trabajar apasionadamente las películas”
“Crónicas de un pueblo, La cabina, Verano Azul o Farmacia de Guardia son sólo algunos de los títulos que llevaron a la fama al director Antonio Mercero (Lasarte, Guipúzcoa, 1936). Ahora, más centrado en el cine, estrena el próximo 21 de septiembre ¿Y tú quién eres?, su personal homenaje a los enfermos de Alzheimer. ”
Autor: cristina m. frutos
Categoría: Jornadas y Eventos
¿Cuál fue su primer empleo?
Mi primer empleo remunerado fue ya como cineasta —con la película Se necesita chico (1963)—, porque siempre he sido un hombre de cine. Pero antes de eso era un auténtico showman, hacía números cómicos en mi pueblo, Lasarte y en la universidad mientras estudiaba Derecho. Por entonces ya tenía facilidad para el humor.
¿Cuándo decidió que quería ser director de cine?
En Valladolid, cuando estudiaba Derecho, me imbuí del cine. Al licenciarme decidí dedicarme a la dirección, quería ingresar en la Escuela de Cine de Madrid. Pero en casa no sentó nada bien... Mi madre me decía con su acento vasco: “Antonxo, ¡tú estás loco o qué!”, porque ella quería que fuera notario o registrador de la propiedad. Incluso el cura del pueblo vino a verme para convencerme de que abandonara la idea de trabajar en “ese mundo lleno de vicio”, como él definía el cine.
Tras esas primeras dificultades, ¿qué recuerda de sus inicios?
Finalmente ingresé en la Escuela de Cine de Madrid pero seguía sin ganar un duro... Sin embargo, hice cosas que son para mí esenciales como Trotín Troteras, un cortometraje que presenté como trabajo de “fin de carrera”. Es la película que más quiero del mundo, tiene un encanto especial, en la línea del cómico francés Jacques Tati.
¿Fue entonces ése su trabajo más importante?
Le guardo un cariño tremendo. En el momento que se hizo el pase —la Escuela convocaba a profesionales del mundillo en un cine de la capital— estaba también mi madre. El resto de proyecciones (de Camus, de Pereiro...) eran estupendas, pero serias y dramáticas, mientras que Trotín destilaba humor, así que la ovación fue muy grande. Mi madre, al ver la película y la reacción del público, me miró y me dijo llorando: “Tenías razón Antonxo”. Pero no es mi único trabajo destacado en mi memoria.
¿Qué otros momentos destacaría?
He tenido momentos difíciles, por ejemplo desde que hice mi primer largo, Se necesita chico, al no funcionar, no me llamaban para proyectos interesantes. Así que me pasé a los documentales y a los spots publicitarios, donde aprendí mucho y descubrí muchas cosas. Destacaría Crónicas de un pueblo (1971-73) y, por supuesto, La cabina (1972), un sueño que tardó mucho en hacerse realidad porque fue a veces vista como una crítica al franquismo. Finalmente se llevó un EMMY, un Ondas... Por otra parte, las series de televisión también han marcado mi carrera.
¿Qué ha aprendido a lo largo de su trayectoria?
Que el cine es una pasión y por eso hay que trabajar apasionadamente las películas. También exige fantasía interior, concentración y mucha, mucha paciencia.
¿Cambiaría algo de su carrera?
Tuve una película, El Tesoro, basada en una novela de Miguel Delibes, lo pasé fatal con ella y fue un gran error. Era violenta y no cuadraba con mi fama de creador de historias de humor, tiernas. Me equivoqué en la temática y en la forma de tratarla, así que estoy en cierto modo arrepentido de ella.
¿Qué queda en usted del joven que prefirió ser director a ser notario?
¡Todo! Tengo dentro de mí la infancia, quizá por mis seis hijos y mis 13 nietos. Soy un poco niño, tengo ilusión por todo, por vivir, por seguir trabajando...
Mi primer empleo remunerado fue ya como cineasta —con la película Se necesita chico (1963)—, porque siempre he sido un hombre de cine. Pero antes de eso era un auténtico showman, hacía números cómicos en mi pueblo, Lasarte y en la universidad mientras estudiaba Derecho. Por entonces ya tenía facilidad para el humor.
¿Cuándo decidió que quería ser director de cine?
En Valladolid, cuando estudiaba Derecho, me imbuí del cine. Al licenciarme decidí dedicarme a la dirección, quería ingresar en la Escuela de Cine de Madrid. Pero en casa no sentó nada bien... Mi madre me decía con su acento vasco: “Antonxo, ¡tú estás loco o qué!”, porque ella quería que fuera notario o registrador de la propiedad. Incluso el cura del pueblo vino a verme para convencerme de que abandonara la idea de trabajar en “ese mundo lleno de vicio”, como él definía el cine.
Tras esas primeras dificultades, ¿qué recuerda de sus inicios?
Finalmente ingresé en la Escuela de Cine de Madrid pero seguía sin ganar un duro... Sin embargo, hice cosas que son para mí esenciales como Trotín Troteras, un cortometraje que presenté como trabajo de “fin de carrera”. Es la película que más quiero del mundo, tiene un encanto especial, en la línea del cómico francés Jacques Tati.
¿Fue entonces ése su trabajo más importante?
Le guardo un cariño tremendo. En el momento que se hizo el pase —la Escuela convocaba a profesionales del mundillo en un cine de la capital— estaba también mi madre. El resto de proyecciones (de Camus, de Pereiro...) eran estupendas, pero serias y dramáticas, mientras que Trotín destilaba humor, así que la ovación fue muy grande. Mi madre, al ver la película y la reacción del público, me miró y me dijo llorando: “Tenías razón Antonxo”. Pero no es mi único trabajo destacado en mi memoria.
¿Qué otros momentos destacaría?
He tenido momentos difíciles, por ejemplo desde que hice mi primer largo, Se necesita chico, al no funcionar, no me llamaban para proyectos interesantes. Así que me pasé a los documentales y a los spots publicitarios, donde aprendí mucho y descubrí muchas cosas. Destacaría Crónicas de un pueblo (1971-73) y, por supuesto, La cabina (1972), un sueño que tardó mucho en hacerse realidad porque fue a veces vista como una crítica al franquismo. Finalmente se llevó un EMMY, un Ondas... Por otra parte, las series de televisión también han marcado mi carrera.
¿Qué ha aprendido a lo largo de su trayectoria?
Que el cine es una pasión y por eso hay que trabajar apasionadamente las películas. También exige fantasía interior, concentración y mucha, mucha paciencia.
¿Cambiaría algo de su carrera?
Tuve una película, El Tesoro, basada en una novela de Miguel Delibes, lo pasé fatal con ella y fue un gran error. Era violenta y no cuadraba con mi fama de creador de historias de humor, tiernas. Me equivoqué en la temática y en la forma de tratarla, así que estoy en cierto modo arrepentido de ella.
¿Qué queda en usted del joven que prefirió ser director a ser notario?
¡Todo! Tengo dentro de mí la infancia, quizá por mis seis hijos y mis 13 nietos. Soy un poco niño, tengo ilusión por todo, por vivir, por seguir trabajando...
Fuente: Las Provincias.es
Agenda
V Congreso de la Sociedad Catalano Balear de Geriatría y Gerontología
Fecha
16-10-2008 al 17-10-2008
Lugar
Hotel Catalonia-Ramblas - Barcelona (España)
Organizado por
Sociedad Catalano-Balear de Geriatría y Gerontología
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