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09-02-2005

El día que me volví invisible (cuento)

Autor: Martín Espinosa Cárdenas

No sé qué día es hoy. En esta casa no hay calendarios, y en mi cabeza los días están hechos una maraña.

Me acuerdo de esos calendarios grandes, unos primores, ilustrados con imágenes de los santos, que colgábamos al lado del tocador.

Ya no hay nada de eso, todas las cosas antiguas han ido desapareciendo. Y yo, yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta. Primero me cambiaron de habitación, pues la familia creció. Después me pasaron a otra más pequeña aún, acompañada de una de mis nietas. Ahora ocupo el cuarto de los trebejos, el que está en el patio de atrás.

Prometieron cambiarme el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos.

Desde hace mucho tiempo tenía intenciones de escribir, pero me he pasado semanas buscando un bolígrafo, y cuando al fin lo encontraba, yo misma volvía a olvidar en dónde la había puesto.

A mis años, las cosas se pierden fácilmente; claro que es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque yo estoy segura de tenerlas, pero siempre desaparecen.

La otra tarde caí en la cuenta de que mi voz también ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos, no me contestan. Todos charlan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atenta lo que dicen. A veces intervengo en la charla, segura de que lo que voy a decirles no se le ha ocurrido a ninguno, y que les va a servir de mucho mi consejo. Pero no me oyen, no me miran, no me responden.

Entonces llena de tristeza, me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar la taza de café. Lo hago así, de pronto para que comprendan que estoy enfadada, para que se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdón. Pero nadie viene.

El otro día les dije que cuando me muriera entonces si que me iban a extrañar. El niño más grandecito dijo: ?a poco tú estás viva abue?. Les cayó tan en gracia, que no paraban de reir. Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una mañana entró uno de los muchachos y ni los buenos días me dio.

Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible. Me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo pero mi hija sigue barriendo sin tocarme. Los niños corren a mi alrededor, de un lado a otro sin tropezar conmigo.

Cuando mi yerno se enfermó, tuve la oportunidad de serle útil; le llevé un té especial que yo misma preparé. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara. Sólo que estaba viendo la televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té... poco a poco se fue enfriando. Mi corazón también.

Un viernes se alborotaron los chamacos y vinieron a decirme que al día siguiente nos iríamos todos de día de campo. Me puse muy contenta. Hacia tantos años que no salía, y ¡menos al campo!

El sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar mis cosas con calma. Los viejos nos tardamos mucho en hacer cualquier cosa, así que me tomé el tiempo para no retrasarlos . Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban bolsas y juguetes al coche. Yo estaba lista y, muy alegre, me paré en el zaguán a esperarlos....

Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en el bullicio, comprendí que yo no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el coche o porque mis pasos tan lentos impedirían que los demás corretearan a gusto por el bosque.

Sentí clarito como el corazón se encogió. La barbilla me temblaba como cuando uno ya no se aguanta las ganas de llorar.

Vivo con la familia y cada día me hago más vieja, pero cosa curiosa, ya no cumplo años. Nadie me lo recuerda. Todos están tan ocupados... yo los entiendo, ellos si hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, lloran, se abrazan, se besan. Yo, ya no sé a qué saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos; era un gusto enorme el que me daba tenerlos en mis brazos, como si fueran míos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta me daba por cantar canciones de cuna que nunca creí recordar.

Pero un día mi nieta Laura, que acababa de tener a su bebé, dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños por cuestiones de salud. Ya no me les acerqué más, no fuera a ser que les pasara algo malo a causa de mis imprudencias. ¡Tengo tanto miedo de contagiarlos!...

Sin embargo; aunque los quiero mucho, voy a causarles un último contratiempo. Mañana que es domingo, y no están tan atareados, se encontrarán con una sorpresa. Ya tengo en mis manos el frasco de pastillas que me voy a tomar, y no lo suelto, con eso de que todo se me pierde. Lo haré en la sala, para que me encuentren pronto. Dios quiera que tengan dinero para mi ataúd y que no me guarden un mal recuerdo. Yo los bendigo a todos, porque....¿qué culpa tienen los pobres de que yo me haya vuelto invisible?

Les dejaré este papel para que tomen sus precauciones. Con tantas cosas que se inventan hoy, estoy segura de que habrá algo que puedan comprar para que siempre sean vistos y escuchados; para que el día de mañana no tengan que morirse estando muertos desde antes...como yo.

Martín Espinosa Cárdenas, Terapeuta

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Neurodegenerative Diseases: Biology & Therapeutics

Fecha
04-12-2008 al 07-12-2008

Lugar
Cold Spring Harbor Laboratory - NY - EE.UU.

Organizado por
Mount Sinai School of Medicine - University of Pennsylvania - Massachusetts General Hospital

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