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03-10-2005
Relatos Alzheimer: un regalo personal
Autor: Carlos Acosta Rizo
Apreciado lector, quisiera hacer un regalo, pero es fácil caer en lo cutre con esta intención, especialmente cuando lo que se quiere regalar habita adentro de uno y es difícil de describir con palabras, pero lo intentaré. Pienso que para ser editor de Magazín Alzheimer una de las condiciones más importantes, fuera de ciertas habilidades literarias, es la de no acostumbrarse nunca a esta enfermedad. La verdad es que creo que nadie se acostumbra nunca a ella.
Recuerdo que toda mi infancia y mi adolescencia estuvo adornada con la labor que mi abuela Cecilia Otero realizó como voluntaria en una institución llamada ?Ancianato San Miguel? de la ciudad de Cali, Colombia. Fueron muchos los días en que sus hijos, nietos y amigos acompañábamos a la tesonera matrona por las calles del centro de la ciudad en busca de donaciones y a comprar los elementos necesarios para dotar la mencionada residencia-hospital.
Pero también fueron muchos los días en que compartimos festejos, en los que esperábamos la llegada de la banda del Batallón Pichincha para bailar con los abuelos, para hacerles conversación o simplemente para servirles lo necesario. Eran días verdaderamente festivos, una festividad extraña y hasta incomprensible para unos niños. Muchos de los abuelos se hicieron amigos nuestros y nos reconocían cuando íbamos, otros dejaron de hacerlo con el tiempo y con todo lo que les rodeaba, y otros se fueron muriendo, incluso se fue la querida abuela Cecilia.
Lejos estaba yo de saber lo que era el Alzheimer, pues todo estaba marcado con el rótulo de la ?demencia senil?, pero ahora sé que estuve cerca de él. Hoy descubro que todavía guardo muchos recuerdos de rostros, olores, imágenes, recuerdos que otros semejantes ya no pueden disfrutar.
Los relatos que a continuación presento, son un ofrecimiento a aquellas personas mayores, estén o no enfermos, tengan o no la Enfermedad de Alzheimer, y a todas aquellos seres ? públicos unos, incógnitos otros? que trabajan con ellos, procurando que su vida tenga la mayor calidad posible. Y obviamente, estas palabras, que no deben ser juzgadas por su calidad literaria sino por el ofrecimiento en sí mismo, están dedicadas a la abuela Cecilia, que nos inculcó con el ejemplo a servir sin restricciones, y cuyo uniforme de voluntaria arropa aun sus restos allá en el suelo rojo del sur de Cali, junto con los de mis otros abuelos y mi padre.
Llamada de madrugada
Me llamó un amigo esa noche, eran como las dos de la madrugada, y él, noctámbulo como yo, sabía que no me despertaría. Casi sin saludar me preguntó, ¿te acuerdas del nombre de aquel defensa central del Deportivo, que jugó del 63 al 65, que era moreno, tenía barba y fama de duro? ¿Te acuerdas de él? Yo tan sólo iba recogiendo los trozos de la imagen que él me lanzaba a través del teléfono, y apenas si empezaba a armar una silueta mal definida. Luego, me agregó que había metido un gol con la cabeza el día del clásico con el otro equipo de la ciudad, y que a la llegada del narigón como técnico, terminó de lateral. Con estas piezas reconstruí la imagen de aquel recuerdo, pero su nombre ¿Cuál era su nombre? Pasamos varios minutos diciéndonos nombres y apodos, haciendo listas y alineaciones incompletas que guardábamos luego en cofre especial; incluso sintonizamos el mismo dial de la radio, para tener otros banales referentes comunes que comentar. Se nos fue la madrugada en estrujar la memoria para ver si aquella respuesta se resumía lixiviada del depósito de la memoria. No era un nombre importante o necesario, pero se convirtió en una de esas espinitas que se clavan en el puro centro de la curiosidad y te fastidian, cada vez que la sientes rozar. Pasaron varios días sin respuesta alguna al interrogante, a veces me asaltaba su inquietud como un pirata que aborda un barco ajeno cargado de mil cosas útiles e inútiles, a veces yo mismo me ponía en frente de su reto como quien espera un duelo.
En otra madrugada, sonó el teléfono a eso de las cuatro. Sobresaltados por el ruido y conscientes de la extrema hora, los corazones de mi esposa y el mío palpitaban a mil por hora; levanté la bocina y pregunté ¿quién es?; Montúfar, me gritaron del otro lado, y yo no entendía nada, ¿preguntaban por Montúfar? Está equivocado, me apresuré a decir casi a punto de colgar, mientras mi mujer hacía un gesto de tranquilidad y se escurría nuevamente entre las sábanas? No jilipollas, Montúfar, el defensa centro, el moreno, el lateral, el de barba, el del gol, el del Deportivo, se llamaba Montúfar, me acabo de acordar. Yo me reí, y le dije que no colgara mientras me iba de la habitación por el otro teléfono; y nos reímos un rato, volvimos a hacer las listas, y las alineaciones. Las del 63 al 66 nos quedaron muy bien, otras no tanto, les faltaban piezas, pero no eran como para quitarnos el sueño. Nos fuimos a dormir tranquilos, sin pesos de memoria encima.
Por muchos años, al encontrarnos nos acordábamos de aquel evento común, y de muchas otras cosas, cada vez menos, que nos habían hecho pasar en común buenos momentos. Incluso hubo un tiempo en que nuestra amistad se edificó en el pasado, y no había cosas nuevas que contar, sólo recuerdos viejos y hasta aburridos. Hoy, voy a donde mi amigo, y le pregunto ¿te acuerdas de defensa central? te acuerdas de que tú te acordaste? Y él me mira, y se sonríe antes de preguntar ¿quién eres tú? Y yo le respondo Montúfar querido, Montúfar, y él se ríe, mientras que yo me quedo esperando ese momento cada vez más lejano en que me dijo ?¡que Montúfar! si eres Guillermo, mi amigo?, antes de empezar a recitarle las listas que hacíamos cuando la memoria se burlaba de ambos, y ello nos provocaba risas.
El caballito de colores
Estaba sentado en la mesa de la institución terapéutica que le atendía; pintaba de colores un caballo que él no había dibujado. De pronto se levantó de golpe, como hacia ningún lado, y efectivamente de ningún lado venía cuando se giró de nuevo hacia la mesa, donde alguien le dijo a la cara, ?que hermoso caballo has pintado?. El abrió los ojos, pero encogió los hombros y con tono asustado le repuso, que él no había sido, que él no había pintado nada. En el caballito de colores poco quedaba de su trazo fino y de sus expresionistas llamaradas. En sus otrora cotizados cuadros, pintados hace no tantos años, se almacenaba todo el poder de quien dominaba la técnica y hacía rebosar hasta el lienzo su pletórico interior, su lúcido pensamiento, su forma de imaginar, mirar, y recordar el mundo. Pero en ellos, un fuerte trazo era común en todas las pinturas: su firma, auténtica, altiva, orgullosa, propia para una obra de arte, propia quizás para aquel caballito de colores que acababa de producir? pero que no pudo reconocer como suyo.
El remedio
Patricio me hablaba desde el otro lado del teléfono; con voz ansiosa me pedía que lo recibiera en casa para hacerme unas preguntas que, según él, yo le podría contestar. Acepté, y me preparé para recibirle con paciencia, pues su inteligencia límite hacía que sus conversaciones fueran un tanto más enrevesadas de lo que yo quisiera que fueran en esa tarde en que tenía tanto trabajo por hacer. A los pocos minutos llegó con la cara de tristeza.
Él es un hombre de unos cincuenta años, buen trabajador, saludable, pero solitario. Era su soledad de esas que duelen, que lastiman el alma, que empequeñecen el ego, que roban la alegría de vivir. Su piso es un mural que expone todas las posturas y las muecas de aquella soledad. Las ventanas cerradas y selladas con papel de amarillentos periódicos viejos para evitar la intromisión de los ojos vecinales; corredores repletos de basura; cientos de pares de calcetines e interiores desechables, pues solo se los pone una vez, pues no lava nada; una tele sempiternamente encendida y un ordenador eternamente apagado, que le vendieron como parte de una estafa de la que fue víctima; comida basura, poca luz, poco aire, poca, muy poca felicidad escurre de las paredes de lo que más parece un sepulcro que una vivienda.
Yo sé que en el curro también es un solitario; que a pesar de las casi tres décadas que lleva en la empresa, y de los ascensos en el escalafón de la misma, sigue haciendo la misma faena que hace años, eso sí, por más dinero. Pero su cara cambia cuando habla de las montañas, de caminar, de escalar las paredes rocosas; cuando cuenta sus travesías nocturnas ? porque prefiere que no le vean? de una ciudad a otra, a modo de entrenamiento. A veces me lo encuentro en la piscina del pueblo, sentado en las gradas viendo a la gente nadar, quizás entablando quién sabe que conversación con cada uno, como si estuviera en el bar tomándose unas cañas. Es un hombre bueno, pero su soledad también lo ha hecho hostil, fugaz, gris.
Pero todo ello, se transfiguraba cuando visitaba a su madre en una residencia para gente mayor que pagaba para que la atendieran, pues su grado de Alzheimer ya lo demandaba. Su rostro brillaba con la alegría del encuentro, pero sus ojos no dejaban de traslucir la tristeza de una pérdida que él no aceptaba como total. Y me decía ?la hecho de menos?, era tan bella tan fuerte, tan llena de energía, nunca me sentí desamparado sin ella? ahora hecho de menos su risa.
Aquella tarde en que vino a casa le encontré muy preocupado. Le costó mucho desencadenar las frases que me aclarasen el motivo de su ansiedad y de aquella inacostumbrada consulta. Venía de ver a su madre, a quien había encontrado muy mal. Su cabeza estaba llena de valoraciones que divagaban entre acusaciones y remordimientos.
El preguntaba sobre la necesidad de trasladar a su madre a otra residencia más costosa o de pagar a alguien que la cuidara en casa mientras él no estaba, ya que daba por sentado un supuesto descuido en su atención. Yo intentaba sosegar la subjetividad de sus ímpetus acusatorios. Su madre casi no comía y había caído en picado en condición general. Hizo cuentas, redujo gastos, propuso dietas, armó puzzles de tiempos y ocupaciones, pero todo quedaba en lo mismo: no alcanzaría a llegar al fin de mes si introducía cambios, al alza, en su presupuesto.
Le hablé lo que pude, consciente de la insuficiencia de mis bálsamos, le compartí mi parecer sobre lo inevitable de la muerte, de la importancia de sus dudas y de sus temores, de la necesidad de la objetividad antes de acusar, de la necesaria confianza que hay que poner en el sistema, y de la justificada duda que hay que tener con el mismo. Hoy estoy seguro que no me escuchó, porque eso no era lo importante para él.
Lo verdaderamente importante era que su madre estuviera bien. Ya se marchaba, y tan pronto cruzó el umbral de la puerta se giró y me preguntó casi a quemarropa, ?¿Crees que yo soy capaz de encontrar la cura para el Alzheimer? Yo voy al colegio de noche para eso, para encontrarla y salvar a mi madre ¿Crees que lo puedo lograr?? Yo no supe que decir, me tragué la lengua. Él confiaba en mí, pero esa confianza ¿merecía la dolorosa verdad o una piadosa mentira? Estaba en esas cuando le llamaron al teléfono, su madre había sido llevada de urgencia al hospital.
Pocos días después me llamó para pedirme que lo recibiera de nuevo. Esta vez se le sentía el luto. Se sentó callado, suspiró y saludó con toda la tristeza que portaba, ?la hecho de menos, incluso su silencio y su mirada perdida me arropaban?. Antes de irse se volvió y me preguntó ?¿Crees que alguien encontrará la cura contra el Alzheimer? ?y luego agregó? ¡porque yo no podré!?. Yo le dije que sí, que estaba seguro de ello. El hizo un gesto de aceptación y se marchó a seguir la vida, con la dura tarea de cuidar de sí mismo.
Porque el mundo se reinventa?
Con un lazo de tres puntas, tres trenzas, dos nudos de corbata, calcetines sin juego, dos botones de camisa sin abrochar, nombres sin nombres, un yo sin reconocimiento, un tú sin respuesta, una mirada inquieta, unos ojos quietos, la sorpresa, el interrogante, el lunes, ¿hoy?, ¿y mañana?, un cerebro, un pecho lactante, ayer, historias sin contar, cuentos viejos, leyendas nuevas, silencios de niños, sonrisas con niños, piel ajada y lunares, pasos de salón, bailes vacilantes, bailes de salón, manos dulces, manos temblorosas, manos expertas, manos de menos, besos al aire, palabras a las sombras, lunas al día, soles a la noche, ¿rosas a quién?, arenas juntas, amores eternos, oasis y desiertos, firmamentos de roca, continentes de aire, mi pantalón azul y tu pantalón marrón, ¿mío? ¿tuyo?, un balón vestido de tull, una muñeca que rueda, burbujas que suben y bajan, una bici, un caballo, el coche, un volante que no quiere soltar, los recuerdos, los olvidos, un mechón de pelo, una anotación en la mano, un nudo en el dedo, un sándwich de donuts?
Desde este Magazín os invitamos a utilizar esta publicación para compartir vuestras inquietudes literarias con relación a la EA con la Familia Alzheimer. Para ello, podréis enviar vuestros escritos (ensayos, cuentos, poseía, etc.) a las siguientes direcciones electrónicas: caacosta@fundacioace.com o mdetorres@familialzheimer.org. Los textos publicados serán seleccionados por el departamento de prensa de Fundació ACE. Magazín Alzheimer, Fundació ACE y Novartis (Neuroscience) agradecerán vuestra contribución con el obsequio de alguna publicación de interés.
Agenda
Neurodegenerative Diseases: Biology & Therapeutics
Fecha
04-12-2008 al 07-12-2008
Lugar
Cold Spring Harbor Laboratory - NY - EE.UU.
Organizado por
Mount Sinai School of Medicine - University of Pennsylvania - Massachusetts General Hospital








