| VII Conferencia Bienal Barcelona/Pittsburgh |
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| La demencia hoy | 12-14 Mayo 2010 |
| VII Barcelona/Pittsburgh Biennial Conference |
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| Dementia today | 12TH-14TH May 2010 |
Agenda
VI Simposio de Actualización en Demencias "Avances en el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer"
Fecha
28-09-2010 al 28-09-2010
Lugar
Sala d'Actes - planta 10 - Hospital General Universitari Vall d'Hebron
Organizado por
Unitat de Trastorns de la Memòria de l'HUVH i Fundació ACE. Institut Català de Neurociències Aplicades
Noticias
06-12-2005
Dejar de conducir, más allá de la simple movilidad
Autor: Carlos Acosta Rizo
Comenzaré este editorial con una crítica a la cultura del coche para luego comentar algunos aspectos relacionados con la difícil decisión de dejar o impedir que un enfermo de Alzheimer conduzca.
Pero te preguntarás ¿qué relación tienen una crítica a la cultura del coche y el riesgo de conducir con Enfermedad de Alzheimer (EA)? Sencillamente que la conducción, como otros aprendizajes y otras habilidades adquiridas que se van volviendo casi reflejas, no está exenta de ser afectada por la EA, así sea en fase leve. Esta afectación es más profunda que la simple pérdida de ciertas capacidades y habilidades que coartan la "condicionada" libertad de movilidad que da el coche. Una vez restringida la práctica, se desatan otras problemáticas de índole emocional que tienen que ver precisamente con nuestra posición como individuos ante estas máquinas.
Conducir coche se ha convertido en una acción tan común para el ser humano que parece que la especie lo hubiera hecho desde siempre, e incluso que todos lo hiciéramos como si de caminar se tratara. Recuerdo un amigo que me sorprendió hace años con una frase cortante ?¡no tengo coche porque no lo deseo!?; este hecho conocido por sus allegados, resultaba poco menos que sorprendente cuando era escuchado por desconocidos; de lejos se veía que no era la falta de dinero lo que le impedía acceder a esa panacea ultra-sensorial o antropomórfica que nos proponen los anuncios publicitarios: ?nuevo XYZ simpático y audaz? o ?Mi coche y yo, distintos estilos de vida?, al mismo tiempo que comparten página con la foto de un hombre de mediana edad pasionalmente abrazado al metálico objeto de su deseo expuesto en una feria, como una especie de maniquí motorizado.
Se ha llegado al punto de que el coche no necesita compañía humana, y la denigrante utilización que se ha hecho de la mujer como potenciadora del deseo material, se utiliza menos, no por un asunto de equidad y respeto sino debido a la arrolladora "personalidad" lograda para los vehículos actuales, transferida a sus conductores por arte del dinero.
En las sociedades occidentales del siglo XX y XXI, y cada vez más en todo el mundo, bien sea en países desarrollados como en vías de desarrollo, el coche ha encarnado la vaga ilusión humana del progreso, y la menos vaga, pero difamada búsqueda de la libertad individual. Son innegables las utilidades del coche, pero no menos cierto es que en él también se resumen cuestionables características de la humanidad y de su quehacer en el último siglo.
La cultura del coche nos ha abocado al uso extremo de recursos y energía, a la imposición totalitaria de su uso al resto de la sociedad, a la ocupación de lugares espaciales y emocionales incluso en el lugar de personas, a intervenir el entorno de tal forma que se ha extendido el dominio de la ciudad diseñada y construida para el coche, y por si fuera poco a invertir los papeles colocándonos a su servicio, gastando más tiempo que él que se supuso en un principio nos ahorraría, gracias a la dedicación excesiva de tiempo para su cuidado y mantenimiento.
Producto de todo ello, quien escribe opina que el progreso y la libertad perseguidos no viajan en el asiento trasero de nuestros queridos coches, ni se expresan con el rugido furioso de sus motores, y buenos vientos para la Tierra no soplan en los humos de sus combustiones. Hagamos eco de Juan Manuel Grijalbo (1) cuando dice que ?El coche hace libre al hombre, pero al hombre así en singular; es decir sólo a uno. En cuanto hay dos, sólo tienen media libertad?, libertad que se esfuma con esta repartición y con la inmovilidad que produce el cada vez mayor número de coches de hombres imbuidos en un individualismo exacerbado.
La pérdida de capacidades y habilidades para conducir adecuadamente
La disminución y pérdida parcial o definitiva de ciertas capacidades necesarias para conducir adecuadamente (con un riesgo socialmente aceptable) tiene una innegable relación con la edad. En este aspecto podemos anotar que, según la Sociedad Española de Neurología (SEN), en 2002 el 17% de la población de España era mayor de 64 años y el 16% en Estados Unidos. En las personas mayores de 65 años se registra una disminución natural de la capacidad visual y de la rapidez de la transmisión neuronal. Si a ésto se le agregan los cambios (disminuciones) en las capacidades funcionales instrumentales producidas por el deterioro cognitivo leve y la demencia leve ? específicamente la afectación de la memoria y las alteraciones de las funciones ejecutivas, tales como la capacidad de tomar decisiones bajo presión? se incrementa el riesgo de no efectuar una correcta conducción de vehículos.
La conducción está pues ligada al rendimiento neuropsicológico y conductual. En esencia, los conductores deben hacer frente a una serie de estímulos durante la conducción, a los que deben responder en un proceso que involucra ver, registrar, decidir y llevar a cabo la acción motora. El riesgo de accidentes aumenta esencialmente por la disminución de la velocidad de procesamiento de la información registrada y la capacidad de cambiar el registro. En otras palabras, y haciendo eco de la Dra. Isabel Terol García colaboradora de Associació Familiars Alzheimer Barcelona (A.F.A.B.), ?conducir un vehículo de motor es una actividad compleja, que requiere reacciones rápidas, un buen juicio, una comprensión de las normas de tráfico, la capacidad de encontrar un destino, además de una buena vista y oído.
El diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer no significa que el enfermo automáticamente sea incapaz de conducir un vehículo. No obstante la enfermedad comporta una pérdida del sentido de la orientación, del juicio y de la capacidad de situarse en el espacio. En consecuencia, la persona enferma y el público en general pueden estar en peligro?.
La pérdida de los privilegios del conducir
Estaremos de acuerdo en que, bajo estas condiciones, conducir un coche es un riesgo personal y social enorme. Pero también es cierto que para la mayoría de las personas ?por los factores anotados al principio del artículo, relacionados con la ?cultura del coche?? conducir un vehículo representa una fuente de independencia, y puede ser que privar a nuestro ser querido de esta actividad ocasione un fuerte golpe no sólo a su capacidad de movilidad, sino también a su personalidad. Ideas como la de la libertad, la autonomía, la individualidad, la autoridad, etc., afianzadas por la conducción, se podrían ver seriamente atacadas por el hecho de dejar de conducir, y la restricción o la prohibición que puede demandar este hecho, con consecuencias emocionales que pueden ir desde leves hasta devastadoras, a las que sin embargo habrá que hacerles frente.
La conducción también ha sido vista como un privilegio acompañado por décadas de un marcado sello masculino y de autoridad; por ello ha sido asociada por muchos años como una actividad ejercida por el jefe de familia, con toda la imposición de responsabilidad que este título impone. Frente a las restricciones de la conducción, las respuestas van de la aceptación inmediata a la fuerte resistencia. Si la retirada se discute en un clima de confianza, será más fácil para el enfermo aceptar esta pérdida. Por otra parte, el familiar que toma el relevo de la autoridad o asume las funciones o roles que antes ejecutaba el enfermo, debe enfrentarse a un proceso que también produce cambios, algunos drásticos.
La doctora Terol comenta que la persona que está afectada de la enfermedad de Alzheimer tiene que dejar de conducir, pero podría aún conducir un tiempo después de ser diagnosticada la enfermedad dependiendo de la rapidez de su evolución. En la actualidad, no existe ningún examen que permita determinar el momento preciso en que un enfermo de Alzheimer no es capaz de conducir con toda seguridad.
A pesar de que las decisiones que conciernen a la conducción son a menudo difíciles de tomar, todo lo largo de la evolución de la enfermedad la capacidad de la persona para conducir un vehículo debe evaluarse conjuntamente por miembros de la familia y los profesionales de la salud. Es evidente que la conducción se ha vuelto peligrosa, es necesario retirarle todo acceso a un vehículo inmediatamente.
Algunos indicios de que hay pérdida de la capacidad de conducir pueden ser los siguientes (según la Dra. Isabel Terol García y la neuropsicóloga Dolors Badenes)
- Violación repetida de las normas de tráfico.
- Sufrir accidentes frecuentes (aunque sean leves) e injustificados.
- Tardar demasiado tiempo para llegar al destino.
- No conseguir llegar al destino.
- Evidenciar un tiempo de reacción lento.
- Pérdida en área familiares
- Confusión derecha-izquierda
- Ralentización en la toma de decisiones, semáforos, intersecciones, cambio de carril, etc.
- Dificultat en lectura de mapas
- Conducción más lenta
- Cambios de carril inapropiados
La Dra. Terol anota que ?toda actividad de conducción tiene que ser supervisada, pero no se tiene nunca que decidir sobre un riesgo sin una evaluación individual. Es necesario no exagerar los riesgos y retirar el privilegio de conducir prematuramente?. No es el objetivo de estas alertas satanizar a nuestro familiar enfermo, sino protegerlo y velar por su bienestar y el de la sociedad en general con la justa dosis de responsabilidad civil necesaria para evitar sucesos indeseados.
Dejar de conducir, un proceso de diálogo
Las estadísticas indican que un 18% de las personas con demencia dejan de conducir por su propia decisión, 23% por consejo de su médico y 41% por intermediación de sus familiares. Estos datos indican tres aspectos muy importantes a tener en cuenta en el proceso de diálogo que debe establecerse entre todos los actores involucrados. En primer término el derecho a que el enfermo conozca su condición, de manera que pueda tener la oportunidad de tomar decisiones y admitir su responsabilidad civil sin necesidad de posteriores coerciones. Por otro lado, comunicar las limitaciones, pero igualmente las posibilidades que aun tiene el paciente es un hecho importante tanto para el personal sanitario como para los familiares encargados de este establecer este diálogo.
En el caso de las personas que no reconocen su pérdida de capacidad y no deciden ellos mismos dejar de conducir (porque se oponen a ello o simplemente olvidan que no son capaces de hacerlo) puede ser necesario utilizar tácticas como esconder las llaves, aparcar fuera de la vista el vehículo, modificarle el aspecto para que el enfermo no lo reconozca o simplemente estropearlo temporalmente, a veces con ayuda de su mecánico personal, hasta convencerle de que no vale la pena arreglarlo.
Se considera que las mejores personas para llevar a cabo el proceso que redunde en que el enfermo deje de conducir son sus familiares o amigos cercanos. De todas maneras decidir que un familiar tiene que parar de conducir no es fácil y podría requerir de la ayuda de personas neutrales. Hablar de estas decisiones con otras personas que están o han estado en situaciones parecidas puede aportar información y apoyo, especialmente a partir de los asistentes socio-sanitarios y las asociaciones de familiares.
Dependiendo del tiempo que tardemos en logar técnicas de diagnostico precoz de la enfermedad y un tratamiento eficaz de la misma, podríamos vernos abocados a un situación mucho más grave con relación a la decisión de dejar o impedir conducir a los pacientes en fases leves o no diagnosticados. Esto se produciría tanto por el aumento general de los afectados con EA y otras demencias neurodegenerativas, como porque cada vez más mujeres conducen e incrementarán el número de enfermos que han conducido.
Por tanto, es un asunto que no puede valerse de evaluaciones subjetivas y que no debería recaer en nadie en particular ¿quién está dispuesto en este momento a firmar un documento autorizando o desautorizando a alguien a conducir, sin mediación de un instrumento técnico apropiado? Precisamente sobre este asunto se está trabajando, y es el tema del segundo artículo de este Boletín Por una adecuada valoración de la capacidad de conducir.
Referencias
(1) http://www.grijalvo.com/articulos/tcomodid.htm, consultado en 23 de noviembre de 2005.
Agradecimientos a la neurosicóloga Dolors Badenes (de la Unitat de Demencies, Servei de Neurologia de Mutua Terrassa) y a Immaculada Fernández (farmacéutica-gerontóloga, Jefe de Asuntos Sociales de la Associació Familars Alzheimer Barcelona) por su gentil atención y valiosa colaboración.






