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05-01-2006
Entre el recuerdo y el olvido
Autor: Carlos Acosta Rizo
Hace un año un socavón oscuro se tragó las casas de unas decenas de familias que vivían en una calle del Carmel. Seguro que por entonces era una de las menos guardadas en la memoria de los barceloneses y de los millones de gentes que visitan la Ciudad Condal. Sobresalta pensar que algunas de aquellas personas perdieron casi todo lo material que podían tener ?como otros cuantos millones en el mundo por diversas causas? incluso parte de su pasado hecho de postales, cartas, fotos, manchas en las paredes, discos y libros, una imagen que se adivinaba en los dibujos del parqué, en la grieta del techo, en el cristal roto de la ventana que nunca se repuso.
Estas palabras escritas por entonces evocan aquella doliente catástrofe, pero leídas ahora también invocan a aquellos a quienes otro socavón insaciable se les va tragando la cordura con todo y reminiscencias, con todo y capacidad de crearse unas nuevas postales para el recuerdo.
A unos y otros, a quienes entre el recuerdo y el olvido la memoria tortura con la pesadumbre o con la incertidumbre de lo perdido va dedicado este relato navideño.
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Alguien remueve con desilusión, con un impulso de seguimiento de rastro y de rescate, los escombros retransportados de lo que había sido su casa. Todo está hecho añicos, y las pocas cosas que se distinguen en aquella escombrera comunitaria de algunos metros cuadrados son los restos en que se han convertido, de pronto, unas cuantas decenas de hogares de aquel barrio construido por las avalanchas sociales en las empinadas colinas del norte. La dinámica social no sigue la ruta del menor esfuerzo trazada por la fuerza de gravedad, sino otras más entreveradas. A las gentes que fundaron el suburbio las arrinconó allí arriba la espuma de las emigraciones, la de los flujos incontenibles que la ciudad de abajo no supo, no pudo o no quiso reabsorber.
A pesar del hurgar solitario entre despojos, el espíritu comunitario se rehace en las nubes de polvo que se levantan, en el ruido de las máquinas y en las voces agrupadas de los vecinos ?algunos de los cuales apenas si se conocen? que ejecutan el mismo reciclaje, como embistiendo a un enemigo común. Parece como si la remoción también sacara a flote las sucesivas sedimentaciones de la historia de una comunidad solidaria, edificada por el espontáneo esfuerzo colectivo por la supervivencia, empuje que ha mudado de rostros e intereses como un aluvión estratificado que repone sus cantos con el paso de las nuevas corrientes. En este espacio y durante este tiempo se traslapan sus vidas anónimas, sus ancestrales costumbres, sus raizales colores de piel, sus maquillados acentos en un torrente polifónico en el que se acomodan, se cohesionan y se consolidan con el cemento del hálito grupal de una colectividad replegada sobre sí misma, con todo y edificios para agarrarse a la montaña, para no caer de su pedestal geográfico.
En medio de aquel solar, se individualiza la búsqueda y se colectiviza el apuro. De repente, Alguien alcanza a sobresaltarse con lo que puede ser la carátula de un libro familiar, un trozo de cubierta azul con dibujos en dorado. Está debajo de lo que resta de un adobe fracturado, y de lo que debe haber sido un mueble de madera. No alberga muchas esperanzas de rescatar el único álbum que había traído de su país con intenciones de compañía más que de recuerdo, pues hacía ya varios años que no lo abría, especialmente por el dolor de encontrarse en aquellas fotos con sus padres en el mejor estado de sus vidas, y con la plena adolescencia suya. Pero ahí habían estado todo ese tiempo, petrificados en la fugaz luz y en la eterna oscuridad, mientras él presentía que en esa bi-dimensionalidad, aquellas figuras rehacían una y otra vez sus vidas pasadas e incluso parte de su presente.
Su padre había muerto dos años antes con Alzheimer sin recordar las ausencias y en la misma casa donde había nacido, y que terminó siendo tan desconocida para él como un templo griego. «Indocumentado» no pudo ir a compartir sus últimos días y su sepelio, hecho que le había causado un dolor crónico de alma que parecía resucitar ahora del hueco que se tragó su casa, y cuyos escasos restos se había convertido en polvo y grava de la noche a la mañana, saltándose el proceso lento de transfiguración que siguen tanto los enseres como los cadáveres. Ahogado en moralina, de la que aun le quedaba de la pecaminosa educación que recibió, piensa que esta abrupta sepultura de su nueva, y hasta próspera vida, es el pago postergado de su ausencia al entierro de su progenitor. Pero mira a toda la gente que a su alrededor está pasando por lo mismo, y aparca rápido el remordimiento, volviéndose a concentrar en el rescate. Retira los despojos que le separan de aquel cofre de su memoria con una ansiedad que crece a medida que se adivina un contorno cada vez más claro, pero que resultó engañoso. Salvo la carátula con las puntas dobladas y el cuero de imitación rasgado, la mayor parte de los folios del álbum se han desprendido. Una mutilación aleatoria se puede ver en las páginas, de las que sólo se conserva casi completa la primera con fotos en ambas caras, y unos muñones de las restantes, la mayoría apenas con bordes y esquinas de las láminas que contenían.
Tiene el tiempo contado para hacer la remoción de todo el museo de su vida que yace deshecho y apilado en esos pocos metros cúbicos, pero renuncia temporalmente a aquello. Con los pasos más inseguros y doloridos que había dado desde el inicio del siniestro busca en derredor donde sentar toda esa pesadumbre en que se ha acabado de convertir, un abatimiento retardado por el agite de la situación que no había permitido que la adrenalina dejara de circular, y que sus cristales punzantes hiriesen cada centímetro de carne y lo que de alma hubiera en ese saco de tristeza. Logra asentarse en un tablón, mientras arranca el llanto como una riada ensañada en lavar todo en derredor.
Casi sin resuello abre el álbum; lo primero que ve es una foto de su casa paterna mal pintada de blanco y hecha de tierra y maderas de los Andes, de la que salía un humo negro de alguna indescifrable parte del techo, pues no se veía asomo de chimenea. Colgaban geranios y orquídeas de tarros plásticos y metálicos de aceite y manteca, tan coloridas las flores y tan verdes los verdes, que uno se atreve a pensar que si no fuera en esos trastos reciclados no hubieran tenido lugar aquellas espléndidas germinaciones. Padre y madre posaban sonrientes inmersos en aquella casa, como si el hogar se cimentase desde ellos. Recuerda que aquella fue la primera ocasión que él tomó una foto a su pasado y a su sangre; lo hizo con una cámara de segunda mano que trajo a su regreso de la ciudad a donde había emigrado en busca de trabajo, el que había conseguido con dificultad y que con mayor esfuerzo conservara. Había vuelto varios meses después de su aventura por la capital, pues en los primeros pasó las hambres del campesino desterrado que no se atreve a dar la cara en tierra propia por orgullo, el suyo y, sobre todo, el de los suyos. Regresó con dulces y un vestido para su madre, y con cigarrillos y un reloj para su padre, los mismos que exhibían altivamente en aquella foto. Entonces otra puñalada atraviesa su corazón al recordar la cajita metálica en la que, junto con aquel reloj, estaba una tira de pelo de su madre, la libreta militar del viejo, la carta de su primera novia, la navaja de su abuelo Carmelo y una postal de su abuela Dominga, a quienes nunca conoció pues vivían en el país de su padre, a donde nunca pudo ir. Hace vanos esfuerzos por recordar qué otras cosas más guarda aquel arcano; toma un poco de impulso y parece que se va a incorporar de inmediato en búsqueda de aquel tesoro, pero se queda en un intento pues, a pesar de la nostalgia, ha encontrado en aquella imagen una alegría contenida, una felicidad que se empezaba a irradiar.
La foto del revés del folio sobreviviente era de aquellas que siempre había querido romper, pues era la prueba de su transfiguración adolescente y no consumada de un niño guapo a un chaval flacucho, con una caja bucal incapaz de contener los enormes dientes que había reemplazado completamente a los de leche, una piel mucho más morena que la actual a causa del fuego del Sol, y una incipiente pelusa en el labio superior, rasgos que le hacía verse a sí mismo como alguien cómico y desconocido. La imagen alcanza incluso a sacarle una sonrisa, una de esas que se regalan al mundo mientras se sorben las lágrimas aun pendientes de ojos y nariz. Las esquinas roídas y los bordes irregulares de lo que queda del resto de álbum se convierten en las piezas de un puzzle que configura parte de su existencia. El vestido amarillo de su hermana sólo se adivina en el vuelo de una punta donde su madre zurció unas flores rojas; de su hermano una mano morena, inconfundible, la mano de sus juegos, de sus apoyos, la mano que extrañaba por generosa, tan parecida a la de su padre; una baranda del corredor de su casa; una tapia de la calle mayor del pueblo; un pasto verde y menudo del campo donde jugaban fútbol con un balón de plástico que se perdió en las aguas del río antes de que llegaran los constructores y empezaran a jugar en el cemento; el cabello negro y liso de su amigo más querido, y mil trozos de vida y obra esparcidos en el espacio finito de la memoria, que con sus señas no dejaban adivinar la totalidad de la entidad a la que pertenecían.
Todas aquellas astillas en que se había dinamitado su memoria se le clavaron como espinas en el corazón, quizás ni siquiera por el recuerdo mismo que las envolvía, como papel regalo que se usa una y otra vez, sino por la certeza de sus pérdidas, algunas más irremediables que otras. Le gustaría oír la voz de su padre diciéndole que ahí está su vida para apoyar la suya o simplemente para comentarle alguna idea loca que nunca llevará a cabo, pero que pone en contexto cualquier problema menor; extraña el abrazo y la mirada dulce de su vieja, silenciosa, enjugando las penas con aguas de canela, guisos de ensueño, sopas mágicas, pero sobre todo con una inteligencia y una sabiduría que se desbordaban de su aparente sumisión para posarse sobre todo, para controlarlo todo incluso la pobreza, la pérdida, la infidelidad, la tristeza y la alegría, las propias y las ajenas.
Se pone de pié y piensa irse mientras pasa las manos por aquel álbum moribundo que no sabe si dejar allí para que descanse por siempre, o llevárselo para que viva así sea mutilado; pero lo detiene otro sentimiento de culpa. No ha podido encontrar ninguna de las cosas de sus hijas o de su esposa; quizás haya estado egoístamente enceguecido a ellas, empeñado en sus pérdidas y empañado por sus hallazgos, y descubre que la tristeza es también avara y narcisista, a pesar de que se alivia en lo fraternal que se erige de ella. Reemprende la búsqueda con un renovado fragor y a contrarreloj, y cosecha una cosa aquí y otra allá, con todo y sus relámpagos de evocaciones propias y ajenas. La bolsa que lleva está casi llena de objetos que de seguro volverá a arrojar a la basura, pero su espíritu va con la carga de diez camiones y el peso de cinco años de vida allí, y otros muchos allá. Por primera vez siente como si en lugar de una pérdida, alguien hubiese dejado un regalo tirado en la calle, y él lo acabara de recoger; uno de esos obsequios que dejan la boca abierta, que se recibe como si se estuviera especialmente bendecido, que hacen que se tome, se apriete fuerte contra el pecho antes de algo o alguien con cara de destierro ose arrebatarlo.
El llamado de la policía y los bomberos anuncia que otras volquetas se aprestan a verter nuevos escombros que escarbar, que se ha acabado el tiempo de hurgar en aquella huerta de la memoria congelada después de la helada. Se retira con su bolsa al hombro cayendo apenas en cuenta de las apagadas luces de navidad y las voces airadas recién encendidas en la calle donde el pueblo se desahoga. Piensa en el despilfarro de buenas intenciones concentradas en tan poco tiempo, de energía derrochada en tan pocas horas; en la insipidez de las frases al uso, de las expresiones bucólicas y nostálgicas; masculla las alegrías idas de la reciente navidad infantil de sus crías.
Marcha hacia la salida convencido de la simpleza de la noche, de la automaticidad de los hechos que les tienen en estas condiciones, y que predestinan sus pasos y sus acciones, el mismo sentimiento que invita a pensar en esta navidad como si fuera otra más, como aquellas lejanas en el pasado y el futuro, y quizás por ello confortadoramente fugaz. En un momento dado, siente otro chorro de corriente eléctrica que se interna en lo más profundo de sus músculos. Para en seco y echa la bolsa al piso; rebusca en su interior hasta comprobar que ha olvidado al lacerado álbum en medio de los escombros. Empieza a correr de regreso mientras los recuerdos contenidos en él y recién evocados se deshacen en estampida. No se cruza con nadie, y aquello es como una señal que le hace reducir el paso a la vista de los montículos, como si caminando la resignación fuera más a su ritmo. No ve señales conocidas, no siente el frío, o la soledad, ni en navidades tristes. Al llegar, los añicos ya no estaban; el testigo había sido entregado. Se maldice, se siente turbio y torpe; piensa en las cosas a las que podría haberlo destinado, y más neciamente aun, en aquellas otras para las que no podría haberse reservado.
Sale a enfrentarse con la calle iluminada, con el frío, que esta vez cala más, como si se irradiara desde lo más profundo de sus huesos. Quizás este sea el único momento en que intenta darle rostro a toda esta cadena de sinsabores, pretende crear imágenes, siluetas y rostros que le den continuidad a la etérea mano fantasma que lo derrumbó todo y que ahora osa rapiñarle hasta los ripios.
Entre tanto, unos metros atrás y otros delante de él, van los vecinos con sus propios fardos de cachivaches y recuerdos, tantos que el espacio de salida parece estrecho para tanta evocación junta. En un asomo de la sensatez carcomida por la común envidia citadina, ninguno repara en las sabandijas pretéritas que arrastran los otros, y tampoco les interesan los embalajes ajenos.
Mientras camina ya en una calle abierta a la normalidad, le asalta una dulce función psicótica de la memoria, pletórica de recursos histriónicos, le reinterpreta la realidad cruzándole al paso sus viejos juguetes que intentan hacerle fiesta y que él no ha visto que le han seguido desde aquella huerta de los desechos. Muñecos mustios con olor a humos de leña; canicas opacas con ruidos de cascadas; lapicitos de colores de puntas romas; y pelotas que saltan y ruedan; cosas etéreas que son lunas llenas cuando se ven y mudas sombras estáticas cuando se ignoran en rincones de oscuridades ciegas, como la que a él le ha saltado al alma desde el ahuecado suelo y que le tienen como embadurnado de indiferencia.
Va caminando más lentamente esta vez, doliéndose de su indecisión y de su falta de atención; pero simultáneamente empieza a sentir como si saliera de un rincón oscuro y solitario. Al llegar a la calle, desprotegido de su ego hipnotizador, las luces le deslumbran esta vez, y él se deja saludar de ellas y le parece que van a estallar de brillo. Entrecierra los ojos, y ve; tiene que saltar para no tropezar con un cochecito de policía que le pasa entre las piernas, le da una patadita a un trencito de latón rojo para que venza el desnivel de los adoquines del andén, y chuta con fuerza una pelota de hexágonos blancos y negros que parece perderse en el infinito. De pronto, aprecia que desde tal profundidad alguien se acerca; no alcanza a descifrar quién es, pero las luces se hacen cada vez menos intensas y más confortables, de modo que la silueta perfilada a contraluz de aquel ser deja ver su rostro. Es su padre quien le devuelve ahora su recuerdo hecho pelota, como cuando le regaló su primer balón de cuero; su querido viejo que había dejado los ahorros de su ser en los dispensadores de la vida para que sus hijos los tomaran cuando quisieran; y a medida que se acerca resplandece más y va rodeándose de otras siluetas conocidas. A su lado la madre, cargada de cosas brillantes, miles, inseparables, llenas de amor, cada vez más bella y fogosa; con ellos los hermanos, los queridos hermanos que quiere abrazar más a medida que se van haciendo más críos, y se equiparan en tamaño a otros niños de los que van cogidos de la mano, sus sobrinos y sus hijas; los abuelos, los tíos, los primos, los amigos, los más íntimos y necesarios, y los menos íntimos e igual de necesarios; la nana, los maestros, los jefes, los compañeros; sus antiguas mujeres y amantes, y por último él mismo y su mujer que traía a los suyos, a los de ella. Los niños se ponen a jugar; sus pocos años de experiencia les bastan para pilotar el burdo avión de plástico que se quedó abandonado en el patio de la primera casa rentada, donde vivieron las primeras cosas de la familia, y cuyo recuerdo era uno de los primeros de su conciencia. Y allí se detiene a ver esa gran fiesta llena de su música, en la que están todos con sus presentes y sus pasados, casi que toda la humanidad que él conoce.
Era la fiesta de navidad, desdeñada antes por las ausencias y festejada ahora por la conciencia de las presencias, así fueran de otro tiempo. Supo que había dejado sin querer una dádiva en aquel agujero que se tragó su casa, y recibía ahora una pequeña dosis del antídoto contra la amargura de estas malas horas. Sentía la inmensa alegría de una recapitulación adornada con la gratitud de haber tenido cosas, y a todos esos queridos y conocidos, y la fortuna de tener a muchos todavía; de haber jugado con cochecitos, canicas y pelotas; de haber elevado globos, esperado a los reyes, montado en el triciclo, compartido el vino, la sopa y el asado. La gratitud por lo perdido y lo lejano, pero no por la pérdida y la lejanía en sí mismas, sino por la fortuna de haber tenido y haber sido, sin más retribución. Además, entiende que allá, donde sea que sea ese allá, están guardadas aun muchas de sus cosas, incluso la vieja casa está ahí con su madre iluminándola, otros álbumes, incluso libros y música. Se da cuenta que muchos de sus vecinos han perdido todo lo acumulado durante vidas enteras y por primera vez, en aquel agujero negro que intentan ahogar en hormigón, mientras otros emigrantes como él esperan ?papeles? con que sellar el gigantesco socavón del Atlántico que se engulle el tiempo y la alegría, y hace llover lejanías y nostalgias erosivas donde naufragan aviones y barcos de ida y vuelta, y flotan pateras sin regreso.
Se dirige hacia el hotel que les han dispuesto, y que incluso en otras circunstancias hubiera sido un sueño para él y su familia, pero que ahora le obliga a salir de su barriada. Recorre las mismas calles que le hicieron sentir, cuando llegó a ella, el contraste entre las faldas de la ciudad de abajo, tendidas sobre un plano apenas inclinado que moja sus encajes en el litoral, y las cuestas que aquí arriba, en su sube y baja, le recuerdan las ciudades andinas tumbadas sobre lomos de cerrazones como senos apuntando al sol. Su ambiente montañero y casi pueblerino le daba al sitio un aire a refugio para quien, a este lado de la ciudad, no quiere o no puede extasiarse ante el escaparate tentador del primer mundo. Además, las vistas panorámicas de la urbe le regalaron entonces, y le regalan ahora, un sentimiento de cierto dominio sobre el mundo aun extraño, duro y encantador en el que día a día se extravía como en un laberinto, que poco a poco descifra. Acá arriba no deja de sentirse extranjero, pero siente que lo va siendo cada vez menos cuando ?después de recorrer la ruta que el 10 hace de regreso? se adentra por la rambla al mercado, al centro joven, a la panadería, y ve por todas partes la sangre mixta que renueva un barrio que empieza a envejecer, pero que en comparación con el Born y el Gótic resulta tan joven como aquellos de la Latinoamérica mestiza. Le gustan incluso sus limitaciones de tercer mundo, sus deficiencias, sus carencias, sus pintadas, sus basuras que no le impiden ser un buen barrio para vivir.
En el sitio más cercano a la insustancialmente llamada zona cero, puede ver de lejos la cicatriz del agujero de las desdichas. No son las barreras metálicas las que acotan el espacio, ni las obras de perforación, ni la aglomeración de los diversos actores de la sociedad, sino el vacío de los edificios derribados, es decir la ausencia que es lo que más impresiona. Pegado a una pared, junto a una grieta vacía hay un papel escrito a mano, y lo lee: «Aquí abajo se construye una gran obra de los hombres, y todo cambia/ El suelo cambia de sitio/ lo arrancan, lo esculpen, lo revuelcan/ lo llevan a otro sitio, uno ajeno/ lo llaman escombro, estéril, desplazado/ y el suelo gime, nadie lo oye/ El suelo que aguanta en su sitio, tiembla/ grita con sus grietas y sus temblores/ que tiene miedo/ sabe que su derrumbe se acerca/ la fiebre lo resquebraja, el tremor lo debilita/ se deja ir, se desliza/ y el suelo grita, nadie lo oye/ Al suelo lo sepultan/ juntos él y otros desterrados/ y el aire nuevo que respiran sepultado estará por años / y el suelo se ríe nervioso, nadie lo oye / Dos caminos se internan en las entrañas de la Tierra/ uno oscuro donde llora por sus muertos/ y otro luminoso donde ríe por sus vivos/ a veces, nadie la oye».
Le sacude la piel el frío del invierno, y el alma el escalofrío de los enterramientos y los olvidos; siente que pierde el tiempo contemplando fosas y cimientos heridos en entresuelos lóbregos. Piensa en su mujer y sus niñas que le esperan en la habitación del hotel, y apura el paso en pos de la parada del autobús; a medida que se acerca adivina las siluetas, esta vez carnales, de sus amores que se adelantaron a la espera. Sabe que los recuerdos materiales nada son sin los recuerdos mentales, y que ni uno ni otro son nada comparados con el presente, con la vida palpitante.
El corazón le palpita rápido, y a falta de unos metros para estar al alcance de sus brazos se atreve a gritarles en voz alta y quebrada «¡Las quiero tanto!» mientras les ofrece la bolsa de sus despojos, como si llevara los regalos del seis de enero, como entregando la complacencia y el agradecimiento por la vida vivida y por la que vivía ahora, como si fuera un tesoro rescatado del fondo del mar.
En tanto se acercaba se desprendía del viejo convencimiento de la vida sería mejor después, de muchos y consecutivos después. El afán del encuentro enamorado con su familia se confundía con un presagio de olvido, como si éste lo persiguiera con ganas de arrancarle hasta el presente. De repente se dio cuenta de que no había mejor momento para ser feliz que ese mismo instante. «Si no es ahora ¿Cuándo?» se preguntó. «La vida siempre estará llena de luegos, de retos y de olvidos, y el tiempo no espera por nadie» se contestó.
Cuando se despidió hace años de los suyos no volvió la vista atrás, y se enfrentó a su destino, mientras se lo tragaba la ciega niebla blanca del destierro, parecida a la que se tragó la mente de su padre. Hoy hace lo mismo, pero esta vez ya no va solo, y además le sigue un séquito de sus recuerdos transformados en juguetes y seres invisibles.
Agenda
LX Reunión Anual de la Sociedad Española de Neurología
Fecha
25-11-2008 al 29-11-2008
Lugar
Palacio de Congresos de Catalunya - Barcelona - España
Organizado por
Sociedad Española de Neurología








