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04-09-2006
La ronda de los recuerdos
Autor: Carlos Acosta Rizo
Estoy por terminar un viaje a la tierra de mis recuerdos más viejos (Colombia), es decir los de más joven. Desde hace algunos años mis remembranzas tienen también otros lugares que los enmarcan (Catalunya), distantes de aquellos del otro lado del Atlántico. Yo sé que al final es la misma Tierra toda, simplemente separada en superficie por océanos; pero es que los olores, los paisajes, la música (la del ambiente principalmente), los sabores, las visiones, parte de la luz, el tono del cielo, los acentos son diferentes; ninguno mejor que otro, pues aunque tengo mis preferencias ¿quién soy yo para ser juez en competiciones ociosas?
Pero, es posible que las diferencias no estén en la esencia misma de las cosas que menciono y de todas las otras que caracterizan los espacios y los tiempos, sino en los estímulos que generan, y que convierten ?a su amaño? los recuerdos espontáneos en idealizaciones. Me atrevo a decir que a todos nos ha ocurrido el recordar de súbito momentos de nuestra niñez o juventud, precisamente gracias a los estímulos de las cosas que nos rodean.
¿Cómo no recordar a mi padre, al destapar los frascos de perfumes, ya evaporados, que antaño impregnaban sus ropas y su piel? ¿Cómo no verlo sentado tras el escritorio con la luz de la nueva mañana entrando por la ventana? ¿Cómo no evocar a mi madre al sentir el sonar de la silla mecedora y aspirar el olor al café matutino? ¿Cómo no ver a mi sobrino en todos los adolescentes del mundo? ¿Cómo no recordar el triciclo al pasar por aquel parque oloroso a Jazmín, y con ello toda una cascada de gentes, situaciones y lugares que de pronto cobran momentánea vida?
Yo soy feliz con esos momentos y, aunque no quiero vivir en el pasado, tales asaltos furtivos a la memoria le dan un lustre fabuloso a la vida presente. Este viaje a la tierra de mis recuerdos viejos me ha puesto de cara nuevamente ante la crudeza del Alzheimer, ante el dolor profundo de verse arrebatado de tales momentos, de privar a una familia y a toda una comunidad de la carga fabulosa de recuerdos y experiencia que una sola persona puede exponer como alegato de su vida, mientras sus esencia se esconde rebeldemente.
En este viaje, volvieron a ser los niños y los mayores quienes más me han acercado a aquellos recuerdos y vivencias; ha sido de una forma poco evocadora y si muy vívida y actual. Por improbable que parezca, niños y mayores encarnan el futuro; en sus gestos, en sus ojos, en sus vivencias portan las luces del pasado de los antepasados y de ellos mismos.
He visto a los niños saludar efusivamente la vida de la nueva vida, otorgar el privilegio de las atenciones a los bebes recién llegados; he podido ver en ellos la devoción por la vida y la alegría por el llanto nuevo, pero también he podido sentir en los niños la solidaridad con el llanto de los ojos viejos, la dulzura aflorando ante el cansancio y ante el dolor, y en todas las situaciones todo iba mejor con ellos alrededor.
Así pues, me estimula pensar en lo bueno que sería volver a estar rodeado de niños, como cuando era uno de ellos, y me pregunto ¿qué pasaría si ahora a los 40 años pudiera estar rodeado de ellos? ¿Qué sucedería si a quien sus recuerdos le huyen por el Alzheimer pudiera estar rodeado de niños?
Como no soy médico, ni terapeuta, ni asistente social me puse en la tarea de buscar un poco en Internet sobre el asunto, y encontré el artículo ?¿Cómo explicar a los niños la enfermedad de Alzheimer?? en la web http://www.alzheimer-online.org/novedades/ninos.htm, en el que se anota que «[...] el que los niños convivan con personas mayores, abuelos, etc es un punto de madurez que se les otorga, ya que les facilita la propia maduración y afrontar con más facilidad una vida que les queda por delante. Además, la relación de cariño con un abuelo, un pariente o un vecino de edad avanzada, enseña al niño el respecto hacia los mayores.
Hoy en día no es normal que las personas mayores vivan en casa de sus familiares y convivan con niños, aunque si es más normal que al agravarse las demencias en estas, cambien de hábitos y lugar de residencia, trasladándose sino a una residencia, a casa de familiares; teniendo que convivir de esta forma con nietos. De esta forma, los niños empezaran a comprobar la enfermedad más de cerca».
La Fundación Alzheimer España también cuenta con el ?Programa de Información de Alzheimer para Niños? (http://www.fundacionalzheimeresp.org/fundacion/fundacion.php#alzheimerniños).
Pero más allá de la simple información y más relacionado con la interacción niño-mayor, y sus beneficios mutuos, la Revista de la Confederación Española de Familiares de Enfermos de Alzheimer y otras demencias (CEAFA, Nº 12, 2005) publicó un artículo que toca el tema directamente relacionado con las personas mayores. En el texto se comenta que el Centro Gerontológico Amma Mutilva, que pertenece a Amma Recursos Asistenciales compañía del Grupo Corporativo Empresarial Caja Navarra, puso en marcha en 2003 un programa, pionero en España, «en el que durante una semana, personas mayores con diferentes grados de deterioro mental y físico han convivido con quince niños (de nueve a catorce años) en las instalaciones del centro».
El artículo continua diciendo que «El objetivo prioritario era acercar la realidad del envejecimiento y la dependencia al mundo infantil, desde la perspectiva de los diferentes programas de intervención».
Durante la semana en la que se desarrolla el programa, se ponen en marcha diferentes actividades con distintos grupos de personas mayores, con especial énfasis en las personas con deterioro cognitivo en los que se han desarrollado actividades de reminiscencia por medio de música y soporte gráfico acompañados de comentarios y charlas del significado y repercusión que tiene una enfermedad como el Alzheimer en la vida de muchas personas.
Este programa intergeneracional fue muy valorado en el Congreso Nacional de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, celebrado en 2004 en Las Palmas, por los beneficios que aporta a los mayores recordando su infancia y juventud; y a los niños que aprenden de la experiencia de sus mayores y desmitifican la vejez.
El programa permite desde el primer día que mayores (residentes del Centro Amma Mutilva) y niños (nietos y bisnietos de los primeros) compartan actividades centradas en el encuentro de dos generaciones alejadas en edad, vida, costumbres, esperanzas o deseos, haciendo énfasis en el convivir y compartir espacios comunes durante unos días, intercambiar conocimientos, protagonizar actividades juntos, y participar «en eventos que les permitan acercarse más intensamente, normalizando sus relaciones, desmitificando mitos y tópicos, y ayudándoles a establecer lazos más cercanos unos con otros».
Según los responsables del programa se comprobó que la convivencia, la participación interactiva y el acercamiento emocional y racional permite «mejorar la visión que tienen unos de otros», producto de un verdadero intercambio generacional, con lo que, además se produce «un detonante para que muchos de los enfermos y residentes tengan acceso a recuerdos de la infancia que creían ya olvidados».
De seguro existen más ejemplos en todo el mundo como los del Centro Centro Amma Mutilva, pero estoy convencido de que tales ejemplos deben aflorar con mayor frecuencia e intensidad en el seno mismo de nuestras familias. Debemos alentar a los menores a compartir su vida con los mayores, a ayudarlos en la medida de sus posibilidades, sobre todo con la garantía del beneficio que otorga el cariño espontáneo. Obviamente, no debemos pensar que una persona con EA pueda soportar a todo momento la energía vital de los niños, ni tampoco podemos pretender que los pequeños tengan que cargar el peso de unas atenciones desmesuradas hacia nuestros familiares mayores y/o enfermos, pero bien vale la pena seguir estudiando la forma en que los extremos vitales de nuestra especie se re-encuentren y se retroalimenten.
Enviamos desde este Magazín una voz de aliento a todas las familias y personas que sufren el Alzheimer. Una voz cargada de rondas infantiles, besos sonoros y abrazos sin razón. Para ello, ojala que nuestros niños nos rodeen siempre; que sean cantos y risas lo que escuchemos de ellos, en lugar de pedidos y llantos; que sean sus juegos los que nos den vida y no sus trabajos miserables; que sean niños de recuerdos buenos que no tengan que olvidar a punta de drogas y alcohol; que nos traigan de vuelta nuestras memorias perdidas y nos mantengan con vida mientras nos marchamos; niños que crezcan sin la duda del Alzheimer.
Para terminar este editorial, siento gratitud con la vida por la oportunidad de viajar a la tierra de mis recuerdos más viejos, de encontrar en el rostro de los míos las letras de las historias que voy olvidando a fuerza de presentes, de escuchar la voces (algunas ya cambiadas) que me recuerdan lo que fui y lo que soy. Doy gracias por tener la esperanza de volver y volverlos a encontrar, mientras me marcho de nuevo a Catalunya, donde seguro me cargaré de nuevos y buenos presentes que vivir, y que se convertirán en historias que recordar comprimidas en estímulos que explotan como pompas de jabón del acto del circo, del que los niños y los mayores son especialistas.
Por esto, ojala un llanto de niño nos anuncie los regresos y nos recuerde que seguimos vivos; ojala que una mano temblorosa y una piel arrugada nos esté esperando en toda parte. La verdad es que nunca antes me pareció tan sin sentido la frase ?te comportas como un niño?.
Agenda
Neurodegenerative Diseases: Biology & Therapeutics
Fecha
04-12-2008 al 07-12-2008
Lugar
Cold Spring Harbor Laboratory - NY - EE.UU.
Organizado por
Mount Sinai School of Medicine - University of Pennsylvania - Massachusetts General Hospital








