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16-02-2004
Un mundo horroroso
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Es el que nos vaticinan aquellos que, movidos por la fe en un Dios creador o desde cualquier otra prevención moral, ven en la investigación con células madre clonadas la puerta por la que la humanidad podría precipitarse al abismo. La posibilidad de que los seres humanos persigan la inmortalidad reproduciéndose a sí mismos mediante la clonación constituye la aberración desde la que intentan disuadir a la ciencia.
Autor: Kepa Aulestia
Categoría: Social
Pero la condena alcanza también al propósito de utilizar estadios preembrionarios para recrear células que permitan atajar buena parte de las enfermedades que hoy afectan a millones de personas en todo el planeta. Las asociaciones de enfermos y familiares, que representan a ese otro "mundo horroroso" del mal crónico e irreversible, parecen coincidir unánimemente en su apoyo esperanzado a la investigación con células madre obtenidas por clonación de los propios pacientes.
En el fondo, quienes se oponen al uso extensivo de células madre con fines terapéuticos están defendiendo la idea de que la vida transcurra por sus cauces naturales. De tal suerte que sólo los trasplantes de órganos y tejidos provenientes de seres humanos ya fallecidos o terapias como la hemodiálisis podrían moldear el curso vital. A ello cabría añadirle ?como hasta la fecha indica la legislación española? la utilización de pre-embriones sobrantes de los procesos de reproducción asistida. Nada más. El mismo azar que establece la distinción de géneros, o que graba la información precisa para que unos sean rubios de ojos azules u otros tiendan a ser regordetes, seguiría predisponiendo a cada ser humano a un determinado estado de salud en cada etapa de su vida. Continuaría habiendo diabetes o alzheimer sin que el libre albedrío de la persona afectada ?en muchos casos afectada precisamente en el libre albedrío? pudiera mejorar su situación más que a través de terapias paliativas.
Los riesgos de que los resultados de investigaciones tan trascendentales inciten la egolatría o la codicia en torno a la recreación de vida humana están ahí. Pero el problema no se encuentra en la investigación misma; y mucho menos si su desarrollo va orientado a la aplicación terapéutica de sus logros. Los preembriones no representan una categoría moral en sí mismos; o no la representan más que en potencia. A no ser que les sea concedida tal categoría desde una determinada concepción de la fe. Sólo desde este último punto de vista podría interpretarse que el pre-embrión encierra una vida humana cierta que no es lícito extirpar ni siquiera para salvar otra vida humana afectada ?en este caso? por la incertidumbre que comporta la enfermedad. El argumento explícito es que la vida del enfermo no ha de prevalecer sobre esa "nueva vida" surgida por clonación. Pero, en realidad, tal objeción lleva implícita la convicción de que la "nueva vida" resulta más valiosa que la vida enferma de quien podría beneficiarse de su utilización terapéutica. A ello cabe replicar, desde un punto de vista laico, que el valor moral que encarnan los preembriones depende de su desarrollo: de su conversión en vida humana autónoma o de su diferenciación en un determinado tipo de neurona o tejido dentro de un cuerpo humano dotado previamente de una vida propia.
Parece indudable que ninguna corriente de pensamiento avalaría la primera de las opciones. Aunque su mera posibilidad podría animar la aparición de un espacio de vacío o de excepcionalidad jurídica capaz de hacer realidad los deseos de la secta raeliana. Pero la utilización terapéutica de células madre clonadas alberga tantas esperanzas que sería conveniente que nadie se opusiera a su exploración; máxime cuando su aplicación no se hará posible antes de que termine la presente década. Ninguna prevención de orden moral debe trasladarse a la legislación en forma de prohibición cuando afecta a la conciencia individual de cada ciudadano. Será siempre más razonable que una persona afectada de un mal que pudiera ser superado mediante la eventual aplicación de células madre clonadas pueda negarse, por razones de conciencia, a ser beneficiario de dicha terapia que impedir tal posibilidad ?nada menos que mediante el Código Penal? al conjunto de la sociedad.
La ciencia está contribuyendo a que tomemos conciencia racional de que la enfermedad no es algo ajeno a nuestra propia condición humana. Lo que el oscurantismo presentaba como irremisible fatalidad y la religión sigue mostrando como una de las muchas pruebas a las que Dios somete la fe de los creyentes no es más que un revés que puede esperarnos a la vuelta de la esquina, especialmente a medida que aumenta nuestra esperanza de vida. El ser humano se negaría a sí mismo si admitiera avergonzado o administrara acomplejado su anhelo de prolongar la vida viviéndola en condiciones, evitando convertirla en ese "mundo horroroso" del calvario y del combate épico de cada enfermo frente a la adversidad.
Fuente: La Vanguardia
Agenda
III Jornada Sociosanitaria - La actualidad de las enfermedades neurodegenerativas.
Fecha
19-11-2008 al 19-11-2008
Lugar
Auditorio Torre Agbar - Barcelona
Organizado por
Mutam - Fundació Conviure








