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27-02-2004
Residencias geriátricas
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Cuando la gente se hace muy mayor va presintiendo que se acerca el día en que sus fuerzas físicas, o mentales, menguarán hasta impedirle seguir viviendo entre las paredes que llevan años siendo su casa. Acaricia con la mirada o con las manos aquel mueble de toda la vida, aquel cuadro, aquella porcelana llena de recuerdos. Imagina como una tragedia el día aciago en que tenga que abandonar todo cuanto le rodea para trasladarse a un centro para ancianos.
Autor: Eulàlia Solé
Categoría: Social
No se trata únicamente de la connotación peyorativa que a menudo se atribuye a las residencias geriátricas, lo más significativo es que no querría abandonar sus pertenencias ni siquiera para instalarse en el hogar de un hijo o de otro pariente.
Vano sufrimiento por anticipado, puesto que, llegado el caso, la persona que ha estado alimentando tan aciagos presagios ya no será la misma. El entorno habrá dejado de importarle en tal grado, sus necesidades y deseos habrán menguado hasta una notoria austeridad material y emocional.
Gracias a este cambio, conseguirá acabar su vida con tranquilidad entre otras paredes. A partir de ese momento, las aspiraciones se cifrarán en saberse bien atendida. Nada más.
La estancia en una residencia no es contemplada de igual forma desde una tercera edad autosuficiente que desde una situación de dependencia. Aquello que la gente joven o madura ve como una reclusión indeseable se convierte al cabo en un refugio benefactor. El meollo de la cuestión está en no precipitar la providencia, en que nadie expulse del mundo exterior a quienes todavía se valen por sí mismos. Porque los viejos y viejas dependientes que requieren el ingreso en una residencia son otra cosa. Son como niños y niñas a los que hay que vestir, desnudar, bañar, alimentar y dar de beber. Sacar de paseo si todavía pueden andar, reírles las gracias, en especial cuando ya viven en medio de una confusión mental en que cualquier destello de súbita lucidez maravilla a quienes cuidan de ellos. Esto es, a las cuidadoras, ya que en las residencias se reproduce la pauta social de que sean las mujeres las acogedoras de los desvalidos.
El porcentaje de residentes que conservan intactas sus facultades mentales es bajo. Éstos han ingresado por motivos de movilidad o simplemente porque ya son demasiado viejos para vivir solos y nadie se ha ofrecido para acogerles en su hogar. Pertenecen al grupo de moradores que pueden apreciar en mayor medida las visitas de la familia, de los amigos, de los voluntarios.
Sin embargo, que nadie dé por sentado que los enfermos que padecen de senilidad o de Alzheimer son insensibles a la compañía. Igual que los bebés, no saben quién se acerca a ellos, pero si notan la caricia en las manos, el beso en la mejilla, la voz dulce hablándoles aunque no comprendan.
La mayoría de ancianos no quedan abandonados en su último cobijo, sino que reciben a menudo, incluso a diario, la visita de quienes les aman.
Superfluo resulta, pues, angustiarse ante el futuro. Para entonces, nuestras aspiraciones habrán cambiado tanto como nuestro cuerpo y nuestra mente. Serán los todavía jóvenes quienes tendrán la obligación, tanto individual como colectiva, de hacer que lleguemos en paz hasta el final.
Fuente: La Vanguardia
Agenda
LX Reunión Anual de la Sociedad Española de Neurología
Fecha
25-11-2008 al 29-11-2008
Lugar
Palacio de Congresos de Catalunya - Barcelona - España
Organizado por
Sociedad Española de Neurología








