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29-02-2004

La señora que me contempla desde el espejo.

Se niega, la muy orgullosa, a hablar conmigo. Pero me observa descreída cada mañana, con cierto aire curioso, silenciosa, como si escrutara mi pensamiento. A veces, cuando recuerdo cómo agrupar unas cuantas palabras, le pregunto quién es. Pero sigue callada, desafiante. Y siento miedo. Quizá intente hacerme daño. Espero no quedarme nunca a solas con ella. Al menos, María Teresa, esa jovencita que siempre sonríe, me tranquiliza. Sobre todo cuando me da besitos mientras me cuenta que «esa señora no te hará nada. Es sólo un espejo».

Autor: Antonio Botías

Categoría: Social

Me siento viva. Aunque no recuerde exactamente qué significa esa expresión. Ni lo que es un espejo. O si es correcta para definir, porque a veces no logro articular ni una frase, la paz que me invade cuando me peinan, me abrazan, con su conversación de locos. Cada vez me cuesta más dedicarles una sonrisa. En cierta ocasión escuché a un médico decir que a quien olvida cosas sólo le une a la realidad el afecto. También equivocó sus nombres, si alguna vez reí o lloré con ellos. Son tan cariñosos. Me cuentan que mi nombre es María Carrillo y tengo 75 años. Atontados. Si acabo de hacer la comunión. Yo, si me traen mi jarra, dejo que se lo crean.

FALLA LA MEMORIA. Olvidar lo que se ha querido
Al principio sólo olvidaba sazonar las comidas. O lo hacía varias veces. Tomás Carrillo, ese señor de 78 años que dicen que es mi marido, protestaba. Decía que antes era «una espléndida cocinera». ¿Quién? Después, preparaba un arroz y pollo sin pollo, un estofado sin carne, hasta aquel día en que llené de aceite la sartén para freír unas cuantas judías. A Tomás sí le sonrío. A veces. Y le doy besitos cuando me lo pide. Pero también a veces.

Todo comenzó, por lo que cuenta la peluquera que me peina cada quince días, en la Navidad de 1997. Al principio, capeaba el temporal. Si no encontraba en la mente una palabra, la esquivaba. Y si me acorralaban siempre exclamaba: ¿Tú sabes lo que quiero decir? ¿Pues eso!». Sin embargo, con la lotería de Navidad me descubrieron. No logré calcular las participaciones que hacía cada año para la familia. En unos cuantos meses, como un retorno vertiginoso a la infancia, atravesé todas las fases de este mal que quienes vienen a visitarme llaman Alzheimer. Ahora tengo un vacío. Y no sé cómo llenarlo.

CUANDO FALLA LA MEMORIA. Olvidar lo que se ha querido
María Teresa, a sus 38 años, tiene una madre sin tenerla. Cuando por teléfono me llama mamá, un silencio amargo y metálico es la única respuesta que recibe. El teléfono es un aparato que chirría y me asusta. Como la señora del espejo. María Teresa acude cada mañana a cuidarme. Desde bien temprano. Cree que los viejos necesitamos mucho cariño, que sólo nos queda la ilusión de contar batallitas. Nuestra dinamita contra la soledad. Los cristales pueden estar un día sucios y no pasa nada. Para nosotros, un día son 86.400 segundos. Así contamos.

María Teresa no tiene hijos. Pero ese hombre que siempre la acompaña parece muy enamorado de ella. Creo, por lo que oigo, que es su marido. Cuando mi mente empezó a emborronarse ella lloró amargamente. Pensará que no me daba cuenta. Los pilares de su mundo retemblaron. Nada volvería a ser igual. No se explicaba por qué tenía que ocurrirme esto. ¿Con la de gente que vive en La Alberca! Luego, más tranquila, acudió a una asociación de ayuda para informarse, escuchar a otros familiares, llorar si era necesario.

Por eso no se sorprendió aquel día en que me empeñé en quedarme desnuda para correr por toda la casa, como una loca. Por eso sonreía al descubrir que me levantaba de madrugada y, sin encender la luz, casi a hurtadillas, cruzaba el patio para sentarme en la cocina de afuera. «¿Que haces, mamá?», me preguntó. Y yo, confusa porque se creyera mi hija, le respondí: «Pues mira, aquí estamos».

Fuente: laverdad.es

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